viernes, 26 de septiembre de 2025

EL INICIADO EN EL PAIS DE LAS IDEAS

 

El Iniciado en el País de las Ideas

                                     Julio Reyes Rubilar O:.R:.L:.F:.N°2

(Relato iniciático surrealista en capítulos, parafraseando a “Alicia en el país de las maravillas “Lewis Carroll de 1865 y “Alicia en el país de las ideas” Libro de Roger-Pol Droit)

Capítulo I: El Umbral de lo Invisible
El iniciado cruza un espejo líquido. Descubre que la logia se derrite en símbolos flotantes. Un reloj sin manecillas le enseña que el tiempo aquí mide despertares, no horas.

Capítulo II: El Tablero Viviente
Camina sobre un suelo de ajedrez que respira. Cada casilla es una puerta. Encuentra corredores de luz y túneles de sombra, comprendiendo que avanzar es elegir constantemente entre claridad y misterio.

Capítulo III: Los Tres Guardianes Absurdos
Aparecen figuras con cabezas de animales: toro, cuervo y pez. Cada uno sostiene un instrumento simbólico y le hablan en enigmas. El iniciado debe aceptar que la verdad se expresa también en lo extraño.

Capítulo IV: La Mesa de los Mandiles Parlantes
Una mesa infinita con mandiles que conversan. Discuten entre sí sobre trabajo, dignidad y silencio. El iniciado descubre que la voz de la fraternidad es polifónica y contradictoria, pero armónica en su fondo.

Capítulo V: El Espejo de la Llama Encerrada
Frente a un espejo que no refleja su rostro, sino una llama atrapada en piedra. El espejo le revela que su deber es liberar esa luz, aunque la prisión sea él mismo. Es la primera conciencia de su misión.

Capítulo VI: El Bosque de las Preguntas
Camina entre árboles que dan frutos en forma de interrogantes. Cada pregunta que recoge se convierte en un pájaro que vuela hacia el cielo. Aprende que el conocimiento verdadero no se cosecha en respuestas, sino en preguntas fértiles.

Capítulo VII: El Regreso Silencioso
Todo comienza a desvanecerse: tablero, voces, símbolos. Regresa a la logia con la venda retirada. Sus Hermanos esperan en silencio. Él comprende que el viaje no terminó, porque el país de las Ideas lo habita ya para siempre.

 

Introducción

Todo Iniciado, al atravesar la puerta del misterio, descubre que la realidad no es un bloque sólido, sino un espejo líquido que se pliega y despliega en símbolos. Lo que parecía estable se derrite en signos, y lo que parecía fantasía se revela como enseñanza.

Así comienza el viaje hacia el País de las Ideas, un territorio que no se mide con mapas, sino con despertares. Aquí, lo absurdo se vuelve maestro, lo contradictorio se convierte en armonía y lo imposible abre sendas de conocimiento.

El Iniciado, sin nombre y sin tiempo, se aventura en un camino donde el tablero respira, los guardianes hablan en enigmas, los mandiles discuten como viejos filósofos, y las preguntas crecen en los árboles como frutos inmortales.

Este relato no es un cuento, ni una alegoría cerrada: es un espejo para quien se atreva a mirarlo. Quien lo lea, quizá reconozca en sus imágenes la extraña familiaridad de los sueños iniciáticos: lugares donde la razón tropieza, pero el alma comprende.

Porque en el País de las Ideas no se camina hacia un final, sino hacia una pregunta cada vez más profunda, bienvenidos a un mundo ilógico y de ensueño, donde se desafía la realidad y la razón.

Capítulo I: El Umbral de lo Invisible

No recuerdo la puerta, ni la llave, ni siquiera el gesto que me lanzó hacia allí.
Un instante estaba en la logia, rodeado de columnas, voces fraternas y símbolos familiares… y al siguiente, todo comenzó a derretirse como cera bajo un sol secreto.

Las paredes se ablandaron, y de sus grietas salieron letras que flotaban como insectos de fuego.
El aire se llenó de palabras nunca pronunciadas, y cada una brillaba como un farol suspendido en la noche.
Quise atraparlas, pero al tocarlas se deshacían en mi mano como humo luminoso.

Un reloj apareció ante mí.
No tenía manecillas, pero latía.
Su esfera, cubierta de grietas doradas, respiraba como si fuera un corazón.
Del centro brotó una voz grave:

—Aquí el tiempo no mide horas, mide despertares. (El tiempo no mide horas, mide despertares” nos recuerda que en la senda del iniciado lo que importa no es la duración de los días ni la acumulación de años, sino los momentos de conciencia y transformación interior.)

Sentí que el suelo temblaba.
Miré hacia abajo y descubrí que ya no estaba sobre piedra, sino sobre una superficie líquida que reflejaba mi sombra… y sin embargo, esa sombra no me imitaba: caminaba antes que yo, como si me guiara.
(la sombra no es enemiga, sino maestra silenciosa. Ella nos conduce a los pliegues ocultos de nuestro ser para que podamos transformarlos en piedra pulida).

El reloj volvió a hablar:

—Si quieres entrar al País de las Ideas, no traigas preguntas gastadas.
—¿Y cuáles son esas? —pregunté, sin saber de dónde me salió la voz.
—Las que buscan respuestas pequeñas —contestó—. Aquí sólo sobreviven las que crecen como árboles.

De pronto, una grieta se abrió en el aire, como si el mismo cielo hubiera sido cortado con compás.
La grieta palpitaba, invitándome a atravesarla.
Me acerqué, y sentí el vértigo de quien va a saltar al vacío.

La sombra que caminaba delante de mí se detuvo.
Giró su rostro oscuro hacia mí y me dijo con labios invisibles:

—Al otro lado no encontrarás certezas, sino reflejos.
—¿Y qué haré con ellos? —balbuceé.
—Aprender a ver que todo reflejo guarda un fuego escondido.

Entonces lo entendí: el Umbral de lo Invisible no era un lugar, sino un salto.
Un salto hacia dentro de mí mismo.

Respiré hondo.
El reloj estalló en silencio en mil colores…
Y crucé.

Capítulo II: El Tablero Viviente

Al otro lado del umbral, el suelo no era suelo.
Bajo mis pies se extendía un tablero de ajedrez que respiraba como un animal dormido.
Cada casilla se inflaba y se contraía suavemente, como si tuviera pulmones ocultos bajo la superficie.

Me incliné para tocar una de ellas, blanca y luminosa.
Al rozarla, se abrió como una puerta que conducía a un corredor de luz interminable.
Dentro, escuché voces lejanas que repetían mi nombre en un eco coral.
Retrocedí, y la casilla se cerró de golpe, tragándose el resplandor.

Avancé hacia una casilla negra.
Al pisarla, un túnel húmedo se abrió a mis pies, y de sus profundidades surgió un viento que me acarició el rostro con manos frías e invisibles.
Allí no había voces, sino un silencio espeso, denso, como si la misma nada me invitara a descender.

Comprendí entonces que cada casilla era una decisión:
entrar en la claridad que todo lo muestra,
o dejarse envolver por el misterio que todo oculta.

De pronto, las piezas comenzaron a moverse.
No eran torres, caballos ni peones… eran figuras humanas, vestidas con mandiles resplandecientes.
Se desplazaban solas, obedeciendo a una coreografía secreta que yo no alcanzaba a comprender.
Cada vez que chocaban entre sí, no había choque ni violencia: se atravesaban como fantasmas que se funden.

Me sentí observado.
Al girar la vista, descubrí un Rey y una Reina sentados en tronos flotantes.
No tenían rostros, solo espejos en lugar de cabezas.
Al mirarlos, vi mis propios ojos multiplicados en infinitos reflejos.

La Reina habló con voz de agua:
—Aquí todo movimiento es elección.
El Rey añadió con voz de piedra:
—Y toda elección es un paso hacia tu verdadero centro.

Las casillas comenzaron a cambiar de color: blancas se volvían negras, negras se volvían blancas.
El tablero ya no era plano: se elevaba, descendía, giraba, como un océano que se agitara bajo mis pies.
Me mareé, y estuve a punto de caer en uno de los túneles oscuros.

Entonces mi sombra —la misma que me había guiado en el umbral— se adelantó y me sostuvo.
Me señaló el horizonte y susurró:

—El tablero eres tú.
Las casillas son tus pensamientos: algunos te elevan, otros te hunden.
Avanza, pero recuerda: no eres peón ni torre, eres jugador.

Al oír esto, las piezas se inclinaron, como si me saludaran.
Y el tablero comenzó a extenderse más allá de lo visible, hasta convertirse en un camino que me invitaba a seguir caminando.

Capítulo III: Los Tres Guardianes Absurdos

El tablero se alargaba hasta perderse en la penumbra.
Caminé sobre sus casillas cambiantes hasta que el horizonte comenzó a doblarse, como si el mundo se plegara en sí mismo.
De aquella curva imposible surgieron tres figuras que avanzaban lentamente, cada una con una presencia tan absurda como solemne.

El primero tenía cuerpo humano, pero cabeza de toro.
Sus cuernos eran escuadras de oro que brillaban en la penumbra.
En sus manos sostenía un libro abierto, cuyas páginas se escribían solas con tinta de fuego.

El segundo tenía la cabeza de un cuervo gigantesco.
Su pico sujetaba una plomada que descendía hasta el suelo, aunque no había suelo, sino un vacío sin fondo.
Sus alas, negras como noches sin luna, batían en silencio.

El tercero era un pez que caminaba erguido sobre dos piernas frágiles.
De su boca brotaba una vela encendida que no se consumía, aunque goteaba cera líquida que caía sobre su pecho y se transformaba en pequeños símbolos que nadaban en el aire como peces luminosos.

Los tres me rodearon, formando un triángulo.
El toro habló primero, con voz grave que retumbaba en mis huesos:

—El libro guarda las ideas puras. Pero su fuego quema al que lo lee con soberbia. ¿Vienes a aprender o a poseer?

No supe qué responder.
Entonces el cuervo inclinó su cabeza hacia mí. Su voz era un graznido metálico:

—La plomada mide lo recto, pero también revela la caída. ¿Aceptas ser medido, aun si descubres que estás torcido?

Me estremecí.
Y el pez, con voz acuosa que parecía burbujear, murmuró:

—La llama ilumina, pero también deslumbra. ¿Quieres la luz para ver, o para mostrarte visto?

Me quedé en silencio, como si las palabras hubieran huido de mi boca.
Los tres guardianes se acercaron aún más.
Sus ojos, tan distintos, ardían con un mismo fulgor.

La sombra que me acompañaba desde el umbral apareció de nuevo a mi lado y susurró:

—Responde con tu silencio. El país de las Ideas no se abre con palabras, sino con la honestidad de tu temblor.

Incliné la cabeza, aceptando el peso de las preguntas sin atreverme a resolverlas.
Entonces ocurrió lo inesperado: los tres guardianes rieron al unísono, una risa absurda y solemne, mezcla de mugido, graznido y burbujeo.

El toro cerró su libro, el cuervo recogió su plomada y el pez sopló sobre su vela, que en lugar de apagarse estalló en mil pequeñas luces.
Con un gesto enigmático, los tres se deshicieron en humo, como si nunca hubieran existido.

Ante mí quedó abierto un pasillo que conducía a una mesa infinita, donde objetos brillantes se movían y susurraban.
Sabía que era el siguiente paso.

 

Capítulo IV: La Mesa de los Mandiles Parlantes

El pasillo se ensanchó hasta convertirse en un salón desbordante de luces extrañas.
En su centro se extendía una mesa infinita, cubierta de mandiles que se movían como si tuvieran vida propia.
No eran pedazos de tela: respiraban, gesticulaban, murmuraban entre sí con voces múltiples, como un coro desordenado, tratando de afinar.

Me acerqué con cautela.
Al verme, algunos callaron; otros comenzaron a discutir acaloradamente.
Uno, bordado en hilos de oro, alzó la voz con solemnidad:

—¡La dignidad del iniciado se ciñe en la cintura, y no en la lengua!

A su lado, un mandil tosco, manchado de barro, le respondió con voz ronca:

—¡Qué sabes tú de dignidad! La verdadera se gana con sudor en la frente, no con bordados en la tela.

Más allá, un mandil azul profundo intervino con un tono pausado:

—Ambos olvidan que el silencio es más fuerte que el oro y más duradero que la tierra.

Los demás mandiles comenzaron a replicar, todos a la vez.
Algunos hablaban de deberes, otros de secretos, otros de fraternidad.
Sus voces se entrelazaban en un murmullo caótico, hasta que la mesa misma retumbó con un golpe sordo.

Un mandil blanco, inmaculado, había golpeado con fuerza su extremo de la mesa.
Con voz clara y serena dijo:

—Somos pedazos de tela, sí, pero llevamos en nosotros un juramento.
No es el lujo, ni la pobreza, ni el silencio lo que nos define…
sino el recuerdo constante de que quien nos lleva ha prometido trabajar en sí mismo.

El salón quedó en silencio.
Los demás mandiles inclinaron sus pliegues como si asintieran.
Me quedé quieto, intentando comprender si debía hablar.

De pronto, uno de ellos —pequeño, casi invisible, con bordes deshilachados— saltó hacia mí y se posó en mi pecho.
Susurró:

—No busques el mandil más hermoso ni el más sabio.
Busca aquel que te recuerde cada día que tu labor está incompleta.

Sentí un escalofrío, como si me hubieran ceñido una nueva piel.
La mesa comenzó a girar lentamente, como un carrusel interminable.
Los mandiles se fueron desvaneciendo uno a uno, hasta que todo quedó vacío.

Frente a mí apareció un espejo oscuro que me esperaba en silencio.
Y dentro de él, una llama temblaba, prisionera en un bloque de piedra.

Comprendí que el camino me llevaba hacia allí.

Capítulo V: El Espejo de la Llama Encerrada

El espejo estaba allí, inmenso, flotando en la penumbra.
No reflejaba mi rostro: en su superficie oscura se agitaba una llama temblorosa, atrapada dentro de un bloque de piedra transparente.
El fuego golpeaba las paredes de su prisión como un corazón desesperado por latir más allá de su cuerpo.

Me acerqué.
El aire alrededor ardía y helaba al mismo tiempo, como si la paradoja fuera su única naturaleza.
Cuando extendí la mano para tocarlo, el espejo habló con voz profunda, metálica, que vibraba en mi pecho más que en mis oídos:

—Esto que ves no es otro. Esto eres tú.

Retrocedí instintivamente, pero el espejo insistió:

—¡¡¡ Has confundido tu carne con tu ser, tu palabra con tu esencia!!!!
La llama es tu espíritu, tu impulso primero, tu fuego eterno.
La piedra es tu miedo, tu desidia, tu costumbre, tus cadenas invisibles.

La visión me estremeció.
La sombra que me había acompañado desde el umbral se adelantó y colocó su mano oscura sobre mi hombro.
Susurró:

—El trabajo del iniciado no es buscar la luz afuera, sino liberar la que yace sofocada dentro.

El espejo comenzó a resquebrajarse.
Las grietas se abrían como raíces de plata que rodeaban a la llama.
Un sonido de cristal quebrándose llenó el salón, y la llama rugió como un animal liberado.

De pronto, saltó hacia mí y penetró en mi pecho.
Sentí que ardía desde dentro: no un fuego que destruye, sino uno que despierta.
Mis venas eran ríos incandescentes, y mi corazón golpeaba como un tambor de guerra.

Caí de rodillas.
El dolor y el gozo se confundieron hasta volverse lo mismo.
La sombra me sostuvo para que no me desplomara y me dijo:

—Recuerda este fuego. Cada vez que olvides quién eres, vuelve al espejo.

Cuando levanté la vista, el espejo había desaparecido.
En su lugar se abría un bosque extraño: árboles que no daban frutos, sino preguntas colgando de sus ramas como frutos de tinta.
Cada pregunta latía suavemente, como si esperara ser arrancada.

Sabía que ese era el siguiente umbral.

Capítulo VI: El Bosque de las Preguntas

El bosque se extendía ante mí, vasto y silencioso.
Sus árboles no tenían hojas, ni frutos convencionales; en cambio, de sus ramas colgaban preguntas.
Algunas eran pequeñas, como manzanas diminutas; otras enormes, tan grandes que bloqueaban el cielo, balanceándose lentamente con el viento invisible.

Avancé entre ellas, sintiendo cómo cada pregunta me rozaba la piel, me susurraba al oído y a la vez al corazón.
Cuando intentaba responder con palabras, las preguntas se disolvieron en humo.
Entonces comprendí que no buscaban respuestas inmediatas: buscaban ser vividas, sentidas, meditadas.

Un río de tinta fluía entre los árboles, y en su curso nadaban símbolos que se reflejaban en mi rostro.
Cada reflejo me mostraba un posible camino: uno lleno de luz, otro de sombra, otro que parecía perderse hacia lo infinito.
Comprendí que cada elección revelaba mi interior, pero ninguna lo definía completamente.

Mientras caminaba, sentí que algunas preguntas caían en mi mano.
Una, escrita en hojas doradas, decía:

—¿Quién eres cuando nadie te observa?

Otra, en tonos oscuros, preguntaba:

—¿Qué parte de ti aún teme al silencio?

Me detuve ante un árbol gigantesco, cuyas raíces desaparecían en la tierra como serpientes negras.
De sus ramas colgaba una pregunta que brillaba con luz azul:

—¿Qué harás con la llama que liberaste?

Recordé el espejo, la llama encerrada en piedra, el fuego que ahora ardía dentro de mí.
Supe que la respuesta no estaba fuera, ni siquiera en el bosque, sino en la acción que tomaría cada día al regresar al mundo.

La sombra apareció nuevamente y se posó sobre mis hombros:

Las preguntas te acompañarán siempre, pero no como cadenas…
               sino como semillas.
Si las cultivas, florecerán en luz.
Si las ignoras, se convertirán en espinas.

Avancé, tomando una pregunta en cada mano, sintiendo que cada paso era una elección.
El bosque parecía infinito, pero al final del sendero se vislumbraba un claro, donde un espejo de agua reflejaba un cielo que no era de este mundo.
Supe que allí me esperaba la etapa final: el regreso silencioso, transformado por lo que había descubierto.

Capítulo VII: El Regreso Silencioso

El claro se abrió ante mí como un respiro largo y profundo.
El espejo de agua reflejaba un cielo que no existía en la logia, un cielo lleno de constelaciones que parecían dibujar símbolos olvidados.
La llama dentro de mí vibraba suavemente, ya no un fuego salvaje, sino un corazón que latía en armonía con cada pensamiento y cada sombra.

La sombra que me había acompañado desde el umbral se inclinó, señalando el camino de regreso.
—Es hora —susurró—.
—¿Regresar? —pregunté—. ¿No debería quedarme aquí?
—No —respondió—. El país de las Ideas no es destino, es enseñanza. El verdadero trabajo comienza al volver.

Avancé hacia el horizonte del bosque, y cada pregunta que había recogido flotaba a mi alrededor como mariposas de luz.
No eran ya enigmas que me confundían, sino semillas que esperaba plantar en el mundo real, en la vida cotidiana, en la logia.

El tablero viviente, los mandiles parlantes, los guardianes absurdos, el espejo y la llama… todo comenzó a desvanecerse, como tinta diluida en agua.
Las imágenes desaparecían, pero el fuego dentro de mí persistía, intacto.

Cuando abrí los ojos, como si me quitaran una venda, estaba de nuevo en la logia.
Mis Hermanos me observaban en silencio.
Yo también callé.
No era necesario decir nada: el viaje había hablado por mí.

Y comprendí que el país de las Ideas no se encuentra en otra dimensión ni en palabras herméticas.
Se encuentra en cada elección consciente, en cada acción que refleja el fuego interior, en cada instante en que vivimos guiados por lo que es verdadero y justo.

El iniciado regresa cambiado, pero silencioso, porque sabe que la transformación no se proclama, se comienza a vivir.

Y mientras cerraba los ojos un instante, sentí que el país de las Ideas continuaba latiendo dentro de mí, esperándome en cada gesto, en cada encuentro, en cada reflexión.

Epilogo

El Viaje Iniciático de la Vida

La vida no es un camino que se agota en un fin, ni una línea recta que termina en la piedra del destino; Es un círculo en expansión, una espiral que nos conduce una y otra vez a las mismas preguntas, pero con más profundidad, a las mismas sombras con más lucidez, a las mismas luces con más gratitud.

El iniciado descubre que no camina hacia afuera, sino hacia adentro. Cada grado no es un peldaño de conquista, sino un espejo distinto que le devuelve fragmentos de su propio rostro.

El Aprendiz aprende a mirar. El Compañero aprende a unir. El Maestro aprende a morir. Y en cada uno de esos tránsitos, el hombre vuelve a sí mismo con la certeza de que la obra no concluye, porque la obra es él, y él es obra en perpetua construcción.

No hay punto final, porque el Templo no se cierra jamás. La iniciación es un renacer constante, una llama que se enciende de nuevo en cada búsqueda,
un llamado que nos recuerda que el trayecto no es hacia un lugar, sino hacia una presencia: la presencia plena de ser, de ser consciente, de ser libre y de ser fraternal.

En la senda iniciática de la Masonería, cada paso consciente y simbólico del masón está cargado del poder y la presencia del cosmos, de lo eterno. La eternidad atraviesa su ser porque cada acto, cada palabra, cada pensamiento tiene consecuencias espirituales y universales.

La construcción del Templo interior, piedra a piedra, se hace bajo la mirada de la eternidad, que no juzga, pero sí ilumina y trasciende.

Y así, Hermanos, la vida y la Masonería se entrelazan como dos sendas de un mismo mapa secreto. Ambas nos susurran: “No corras hacia la meta, vive el paso, porque en cada paso la eternidad te atraviesa.”

 

“el que tenga oídos para oír, que oigaMateo 11:15 o Marcos 4:9

 

SOLSTICIO DE INVIERNO 2025

Hermanos del Silencio y de la Luz, herederos del fuego que no se extingue, guardianes de la llama secreta que arde aún en la noche más larga

Introducción:

El solsticio de invierno marca el instante en que el Sol alcanza su menor altura aparente en el cielo, dando lugar a la noche más larga del año y al día más breve. En el calendario natural, es un punto de inflexión: el tiempo de oscuridad culmina, y comienza, aunque imperceptiblemente, el retorno de la luz. Esto ocurrirá exactamente el día 20 de junio a las 22:41 minutos, para nuestro país.

Nos reunimos hoy no para temer la oscuridad,

sino para honrar su lección.

Porque solo quien ha descendido

puede comprender el valor de la ascensión.

Y solo quien ha abrazado el Silencio

puede escuchar la Voz que realmente importa.

Para muchas culturas antiguas, este momento era sagrado. Y para el camino masónico, también lo es. El simbolismo del solsticio nos invita a una pausa profunda, a un recogimiento interior que nos conecta con el ciclo eterno de muerte y renacimiento, de silencio y palabra, de sombra y revelación.

En este Solsticio de Invierno,

cuando la luz visible se retira hacia el misterio,

invocamos la claridad invisible

que solo se revela en el corazón del iniciado.

Este no es un tiempo de acción externa, sino de labor interior. De encender la luz en el centro del Templo, cuando afuera reina la noche. Es un llamado a mirar hacia dentro, a evaluar nuestro trabajo, a reconocer nuestras sombras y a redescubrir la llama que nos habita.

Que la noche no nos asuste,

pues es en la profundidad del invierno

donde germina la semilla del despertar.

Hermanos del Silencio y de la Luz,

hagamos del Templo un lugar sagrado,

de nuestra quietud, una ofrenda,

y de nuestra conciencia, un faro.

En esta plancha deseo compartir una meditación simbólica que une la belleza del fin del otoño con la profundidad espiritual del solsticio.

Expondré una reflexión, nacida de observar la naturaleza, que aun me asombra y conmueve, que llega al alma, y espero que, al compartirla con mis hermanos, llegue también a vuestras almas, y unirnos en la contemplación, meditación, de los ciclos que transforma a esta naturaleza, que también compromete nuestras existencias, ya que formamos parte de esta.

Hoy no venimos a buscar respuestas.

Venimos a sostener la pregunta con dignidad.

A templarnos como el acero,

en la fragua interior de la espera y el sentido

Queridos Hermanos, apelando a vuestra fraternidad y a vuestra tolerancia, os invito a entrar conmigo en un relato, a veces realista, a veces surrealista, pero siempre profundamente humano, inspirado en existencialismo del francés Jean Paul Sartre, el psicoanálisis del sueco Carl Gustav Jung; y de la compasión y perdón del psiquiatra austriaco Viktor Frankl.

Que este instante sea un umbral.

Que esta sombra sea matriz de aurora.

Y que la Luz que nacerá no venga de afuera

sino del fuego redescubierto en nuestro interior

Os pido que no juzguéis con la lógica, sino que escuchemos juntos con el alma,
como quien entra a un templo sin paredes, a un sueño que es también memoria,
a un símbolo que late con abstracción y misterio.

Os invito, con humildad, a transitar estas palabras como un viaje, no como un fin,
sino como un regreso a lo que siempre estuvo allí, esperando que lo miremos sin miedo: solo debemos buscarlo.

 

2.- DESARROLLO

2 a) Meditación solsticial: Entre la Bruma y la Luz…En el umbral del solsticio de invierno

Finaliza el otoño,
y con él se despide en silencio una estación que aún canta en colores.
Las hojas caen como suspiros antiguos:
rojas, naranjas, verdes, amarillas
dejando tras de sí una sinfonía de colores:
hojas rojas como brasas antiguas,
naranjas que recuerdan la luz del mediodía,
verdes que aún resisten la despedida,
y amarillas como vestigios del Sol en retirada…
alfombras vivas que crujen bajo los pasos del tiempo.

Los cerros, guardianes del horizonte; testigos del tiempo
se tornan azules y celestes,
reflejando en el rio Bio-bío
una serenidad que invita al recogimiento.
El río, eterno aprendiz y maestro,
nos recuerda que el cambio no es ruptura,
sino continuidad, que todo fluye

Una bruma leve —mestiza de niebla y humo
se posa sobre los tejados,
se cuela entre las ramas desnudas,
envuelve los hogares y los corazones,
como símbolo de lo velado,
de aquello que sólo el verdadero iniciado
puede reconocer: un velo entre mundos
el de afuera, que se enfría;
el de adentro, que comienza a arder.

Hermanos, estamos en el umbral.
La noche más larga se avecina.
El sol parece dormirse bajo el horizonte,
pero no desaparece:
se recoge, se concentra,
preparando su retorno.

Así también nosotros, hijos del Templo,
debemos recogernos.
No para dormir, no para descansar; sino para despertar.
No para huir de la oscuridad,
sino para encender en ella la luz de lo esencial.

Porque el solsticio de invierno no es sólo la noche más extensa,
sino el punto exacto donde la luz comienza a regresar.
Y ese punto; está también en nosotros.

En lo profundo del Taller,
bajo el manto de la noche simbólica,
resuena una sola verdad:
la luz no muere, se repliega.

El Fuego Sagrado no se extingue,
aguarda, bajo la piedra,

como brasa viva en el corazón del iniciado.

Y así, mientras la naturaleza se transforma,
también nosotros nos preparamos para el recogimiento del invierno,
ese tiempo de adentro, donde también pueden renacer fuegos.

Porque todo final es un umbral,
y todo ocaso, es promesa de oriente De un nuevo amanecer.

Que el silencio de este solsticio sea fértil.
Que el frío purifique.
Y que, en el crisol del invierno,
se temple el verdadero masón
el que no teme la noche
porque conoce la promesa, conoce la senda al hacerla…

 

2 b) En el Umbral del Silencio: Meditación sobre la Luz, la Oscuridad y la Transformación"

 

En el principio, solo había silencio.

Y el silencio no era ausencia,

sino latido invisible, gesto contenido,

promesa de un nombre aún no dicho.

Entonces vino la Oscuridad.

No como enemiga, sino como cuna.


En su vientre reposaba la semilla que aún no conocía la forma,

pero ya deseaba la llama.

Allí, en lo más hondo, donde todo parece detenerse, algo comienza.

La Oscuridad me habló no con palabras, sino con memoria.

 

Me recordó todo lo que fui antes de olvidar: el barro, el fuego, la estrella,

 el vestigio de una antigua elección.

Y cuando ya no pude huir de mí,

cuando el velo cayó y vi mi sombra reflejada en la piedra,

entonces vino la Luz. No como fulgor repentino,

sino como susurro que roza el alma sin herirla.

 

La Luz no borró la Oscuridad. La abrazó.

Juntas danzan como aliento y pulmón,

 como agua y sed,

como pregunta y despertar.

 

Comprendí entonces que no hay transformación sin noche.

 Que la aurora es hija del abismo. 

Que la herida es también umbral.

 

Hoy camino entre ambos mundos,

con la lámpara encendida y la sombra a mi lado.

No como carga, sino como guía.

Porque ya no temo caer,

sí en el fondo me espera mi verdad más desnuda.

 

2 c)   El Símbolo: Lenguaje de lo Inefable, Odisea Interior del Iniciado Consciente

Cuando la palabra dejó de alcanzarme,
el símbolo se alzó
como una antorcha sin fuego,
pero con sentido.

No decía. …Sugería.
No explicaba …revelaba.

Y yo, que venía de la Oscuridad,
comencé a ver
no con los ojos
sino con el alma entrenada
en el arte de lo invisible.

Cada forma era una vibración.
Cada gesto, un espejo.
Cada figura callada
contenía un abismo:
la estrella,
la piedra,
la escuadra,
el compás

no eran cosas,
eran preguntas vivas.

Comprendí que el símbolo
no busca ser entendido…sino habitado.
Que no se posee…se caminaSe respirase encarna.

Allí donde el intelecto se detiene,
comienza su reinado.
Porque el símbolo no da certezas,
da sentido.
Y en su ambigüedad
reside su fuerza.

El iniciado no recita símbolos,
los atraviesa.
Cada símbolo es una puerta
y cada iniciado una llave.
Cada símbolo un silencio
y yo…
y yo una voz que aún no sabía cantar.

En el centro del Templo,
vi el signo más sencillo:
una piedra.
Y entendí:
nací como materia sin forma,
pero fui llamado
a volverme obra.

No hay símbolo más profundo
que la vida
cuando se ofrece
como sendero de transformación.

Así, entre velos, empecé a ver.

Y en ese ver sin ojos,
y escuchar esa palabra no dicha,
en esa imagen que ardía,
nació la primera luz.

Todavía débil.
Todavía temblorosa.
Pero mía.

Y supe que estaba más cerca.

La Oscuridad me había enseñado a mirar.
Ahora el símbolo me enseñaba a comprender.
Y la Luz…
la Luz ya no era promesa,
la luz era el camino.

 

REFLEXION FINAL

QQHH:. Vivimos en un tiempo donde la claridad se nos ofrece como valor supremo, donde la luz es celebrada y la oscuridad temida. Sin embargo, el sendero iniciático nos ha mostrado una verdad más profunda: la transformación no acontece en la superficie luminosa, sino en las profundidades veladas por la sombra.

Al cerrar los ojos del cuerpo, se abren los del alma. En esa interioridad, nos descubrimos en una caverna sin faroles ni estrellas, donde lo único que habita es nuestra propia conciencia. Es allí, y no en otro sitio, donde comienza el verdadero viaje. No hacia afuera, sino hacia el centro de nuestra oscuridad.

Pero la oscuridad, Hermanos, no es castigo ni error:
Es matriz. …Es pausa. …Es la noche que acuna al día que aún no ha nacido. Y allí, en ese centro, late una brasaPequeña…Persistente…Eterna.

Esa brasa es lo que aún queda de nosotros cuando todo lo demás se ha desvanecido. Es el fuego cósmico, el símbolo vivo de la conciencia que no se extingue, incluso cuando el mundo exterior ha cesado de iluminar. Al reconocerla, comenzamos a recordar quiénes fuimos… y más aún, quiénes podríamos volver a ser si aceptamos el fuego de la transformación.

Porque ese fuego no quema en el sentido profano.
Ese fuego revela.
Nos muestra las máscaras que llevamos.
Nos muestra la piedra bruta aún por tallar.
Y nos invita, una vez más, a volver a comenzar, a volver elegir.

Así QQHH:  La oscuridad ya no es pozo, sino es una cuna.
Ya no es amenaza, sino crisol de posibilidades.
Y nosotros, que fuimos caminantes temerosos,
aprendemos a ser antorchas vivas,
que iluminan sin destruir,
que arden sin consumir,
que alumbran el camino propio y el de los demás.

Este proceso, Hermanos, no es instantáneo.
Como todo verdadero trabajo, requiere voluntad, constancia, y humildad.
La piedra no se pule con un solo golpe,
ni el alma despierta con un solo amanecer.
Pero, si reconocemos la brasa bajo la piedra,
si le damos al fuego el espacio y la forma,

la transformación no solo es posiblesino inevitable. La invitación, esta noche entonces, es no solo a buscar la luz,
sino a descender confiadamente en nuestra sombra.
No para perdernos,
sino para reencontrarnos.
Y desde allí, desde lo más profundo,
renacer… como luz, como fuego.
Como símbolo vivo del Arte Real.

QQHH de Virginio Gómez González …QQHH de Fraternidad

Somos Hermanos en la Luz y somos hermanos en la Noche,
siempre en tránsito,
siempre en silencio,
siempre en transformación
.

S:.F:.U:.

 

 

La promesa equinoccial

Florecer antes de las hojas: una lección iniciática

Introducción

La naturaleza, en su silenciosa elocuencia, nos ofrece símbolos que iluminan nuestro propio camino iniciático. Al observar los ciruelos y duraznos en esta época, despojados aún de sus hojas, me sorprendió ver cómo brotaban ya sus flores, adelantándose al follaje que habrá de sostenerlas. Esta paradoja natural nos invita a reflexionar sobre la iniciación masónica y sobre el desafío de la existencia humana desde una perspectiva filosófica.

Desarrollo
En la iniciación masónica, el recipiendario entra al Templo privado de la luz exterior y de los soportes que lo han acompañado en su vida profana. Como el árbol desnudo en invierno, parece carecer de sustento. Sin embargo, la ceremonia lo impulsa a florecer primero: a pronunciar su compromiso, a manifestar su voluntad de transformación, antes de recibir el alimento de las enseñanzas, el abrigo de la fraternidad y la guía de la Sabiduría. El florecimiento anticipado es un acto de fe en la savia interior que ya lo habita, aunque él mismo no la perciba.

La floración temprana de los frutales nos enseña que la fuerza no proviene sólo de lo visible. Así como el árbol ha acumulado savia en el silencio del invierno, el iniciado ha preparado su alma en la quietud de la búsqueda, en la noche de sus preguntas y desvelos. El brote que antecede a la hoja es símbolo de ese momento fundante, donde la belleza y la promesa aparecen antes que el sostén racional y visible.

Desde la filosofía existencialista, este gesto encuentra un eco profundo. Kierkegaard nos habló del salto de fe: atreverse a dar un paso sin garantías, confiando en lo invisible. Sartre, por su parte, nos recuerda que el hombre se define por su acto de elegir, incluso cuando carece de fundamentos absolutos. Así también florece el árbol: sin certezas de sol o de lluvia, desplegando su colorido en medio de la intemperie, porque su ser lo llama a manifestarse.

El existencialismo y la iniciación convergen en esta verdad: no siempre tenemos todas las hojas antes de dar nuestro fruto, pero es en la valentía de florecer cuando comienza nuestra verdadera transformación.

Conclusión
Queridos Hermanos:
La enseñanza de los ciruelos y duraznos en flor es clara: debemos atrevernos a florecer aun en la desnudez, confiando en la savia que la vida ha depositado en nuestras raíces. La iniciación masónica nos invita a ese mismo acto de osadía: dar el paso hacia la Luz aunque todavía no tengamos el sustento de todas las certezas. Y la filosofía existencialista nos recuerda que somos libres para elegir ese gesto de afirmación, aunque el mundo no nos garantice seguridad alguna.

Que nuestras flores, como las de los frutales, sean el testimonio de nuestra confianza en la vida, en el Oficio y en la fraternidad. Y que, tras ese florecimiento valiente, vengan las hojas que nos sostengan y los frutos que alimenten a otros.

S:.F:.U:.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

 

QQHH RECIEN INICIADOS





Es un gran placer darle la bienvenida a nuestra centenaria logia Fraternidad N° 2, Hoy, comienzan un viaje que ha sido recorrido por generaciones, y ya somos más de mil iniciados en este camino de crecimiento en conocimiento y fraternidad.

La masonería es mucho más que una simple organización; es un camino hacia el crecimiento personal, autoconstrucción y la construcción de una comunidad basada en principios de verdad, justicia y amor fraternal.

Le invito abrazar estos principios con la mente abierta e inquisitiva. Aquí encontrarán no solo hermanos, sino una familia extendida que se apoya mutuamente en la búsqueda de un mundo mejor. Recuerden que cada uno de ustedes tiene un papel único y valioso, y estamos aquí, para emprender junto en este hermoso camino.

Cada día debemos preguntarnos ¿Qué me motivo haber ingresado a la, orden? ¿Qué me motiva persistir en la orden? Cada uno de nosotros mis QQHH debemos hacerlo, cada día, ¿Qué espero de la masonería en general? ¿Qué espero de mis hermanos en particular?

Todas las interrogantes son válidas, pero, se responde y complementa, con otras grandes interrogantes, ¿Qué puedo y estoy dispuesto hacer por mi crecimiento personal?, ¿Qué puedo y estoy dispuesto hacer por la orden?, ¿Qué puedo y estoy dispuesto hacer por mis hermanos?, ¿Qué puedo y estoy dispuesto hacer, para mejorar la sociedad? … Cuando tengamos la respuesta correcta a estas interrogantes, esto nos indicara que hemos empezado a crecer, hemos empezado a encontrar el camino de la virtud, hemos empezado hacer masonería.

Mis QQHH somos herederos de la tradición y ritos de la masonería, que son fundamentales para comprender nuestra identidad y propósito.

Los pilares fundamentales de la masonería son:  la libertad individual, la igualdad de todos los seres humanos y la fraternidad universal; En un marco de tolerancia hacia las diferencias y el respeto mutuo, creando un espacio donde se valoran las diversas creencias y perspectivas.

La masonería es una tradición que ha perdurado a lo largo de los siglos, un faro de luz en la búsqueda del conocimiento y la moralidad. A través de sus rituales y símbolos, nos conecta con un legado de sabiduría que ha guiado a generaciones en su camino hacia la perfección y por este medio, la mejora de la humanidad. Al unirnos a esta fraternidad, no solo honramos una rica herencia, sino que también asumimos la responsabilidad de llevar adelante sus principios en nuestro tiempo y espacio.

 

lunes, 26 de agosto de 2024

 

De la perpendicular a la horizontal; plomada y nivel



La plomada la joya del 2do vigilante; está relacionada con la fuerza de gravedad y la palabra sagrada del primer grado es “fuerza”, que centra la perpendicular perfecta; que simboliza la búsqueda constante de la verdad, un objetivo central en masonería. Así como la plomada indica la verdadera verticalidad, los masones buscamos verdades fundamentales que sirvan como guías para comprender la realidad y la existencia, a su vez implica un proceso de autoevaluación constante, asegurándose de que la construcción de nuestro carácter y vida esté alineada con la verdad y la rectitud.

En este sentido, la plomada invita a los pensadores a cuestionar sus propias percepciones y creencias, a asegurarse de que están en plomada con la realidad objetiva y no distorsionadas por prejuicios o ilusiones Esto implica un proceso constante de revisión y ajuste, similar a cómo se utiliza una plomada para asegurar que una estructura permanezca recta y estable durante nuestra construcción.

El nivel; joya del 1er vigilante, que nos da la horizontal perfecta, es un símbolo que representa equilibrio, igualdad, equidad, armonía y estabilidad, esta última palabra sagrada del 2do grado, tanto en el pensamiento como en la acción. 

Este instrumento, adquiere un significado más profundo cuando se explora en el ámbito de la filosofía masónica, donde se conecta con ideas fundamentales sobre la justicia, la igualdad y el equilibrio en la vida humana y a la necesidad de encontrar un balance entre diferentes aspectos de la existencia: razón y emoción, trabajo y descanso, derechos y deberes, entre otros y en que ninguna parte de la vida domine o quede desatendida, sino que todas estén en proporción justa, creando un sentido de plenitud y bienestar.

En la ética aristotélica, el concepto de la mediana o el justo medio es central, y el nivel puede simbolizar esta idea. Aristóteles sostenía que la virtud reside en la moderación, en encontrar el equilibrio entre los extremos.

De la perpendicular al nivel, simboliza el movimiento desde la autoevaluación moral (plomada) hacia la aplicación de esos principios en la vida diaria, asegurando que el masón trate a todos con equidad y justicia (nivel).

La plomada asegura que el masón está bien fundamentado en sus principios, mientras que el nivel asegura que estos principios se apliquen de manera equilibrada y justa en sus interacciones con los demás.


 

La asiduidad y asistencia a logia


Desde los primeros pasos que damos en la masonería, aprendemos que nuestra evolución personal y espiritual está intrínsecamente ligada a nuestra participación activa en las actividades de la logia. Cada encuentro, cada ceremonia, cada tenida es una oportunidad invaluable para nutrirnos del saber y del calor fraternal que emana de nuestra comunidad.

La asiduidad, más que una obligación, es un compromiso con nosotros mismos y con los hermanos que nos rodean. La constancia en la asistencia nos permite no solo aprender de manera continua, sino también enseñar con nuestro ejemplo. Es en el trabajo diario, en la reflexión constante, donde logramos pulir nuestra propia piedra bruta.

Pero, además, la presencia de cada uno de nosotros fortalece el lazo que nos une como una cadena indisoluble. Cuando uno de nosotros falta, no solo perdemos su valiosa contribución, sino que se debilita el símbolo de unidad que nos caracteriza. Por tanto, estar presentes no es solo un acto de responsabilidad personal, sino también de respeto y lealtad hacia nuestros hermanos y hacia la Orden.

Sabemos que en el mundo profano las exigencias son muchas. El trabajo, la familia y otras obligaciones pueden a veces alejarnos de la logia. Sin embargo, recordemos que el templo interior que construimos requiere dedicación, y es en la logia donde encontramos los materiales y las herramientas para continuar con esa labor. Asistir, participar y contribuir activamente es la mejor manera de mantener viva la llama de la fraternidad y de nuestro propio crecimiento.

Así que os invito, queridos hermanos, a renovar nuestro compromiso con la masonería a través de la constancia. Sigamos alimentando este espacio sagrado con nuestra presencia, nuestras ideas y nuestro esfuerzo, sabiendo que cada reunión es una oportunidad de avanzar juntos en el camino hacia la luz.

Que la fraternidad nos guíe siempre y que la paz reine en nuestros corazones.

 

lunes, 19 de octubre de 2020

 

JONIA; LA FILOSOFÍA MILESIA: TALES, ANAXIMANDRO, ANAXÍMENES




 

 Las ciudades griegas de Jonia, situadas sobre las costas del Asia Menor, en la época de los primeros albores de la filosofía griega fueron quizá las más ricas y las más altamente civilizadas de las comunidades griegas. También parecen haberse distinguido por una actitud de desapego e indiferencia religiosa. Así vemos que los filósofos jonios muestran una notable indiferencia por la religión tradicional, lo que no quiere decir que no se sintieran profundamente afectados por ciertas modalidades griegas primitivas de considerar el mundo, que también hallan expresión en los mitos tradicionales.

 La primitiva filosofía jonia se halla representada por una sucesión de tres hombres: Tales, Anaximandro y Anaxímenes, todos de Mileto, que por esa época era la más rica y poderosa de las ciudades jonias. De ahí que el grupo reciba a menudo el nombre colectivo de milesios. El primero de ellos Tales, por tradición uno de los Siete Sabios de Grecia, no parece haber dejado nada escrito y nuestro escaso conocimiento de su doctrina descansa en una tradición que no se remonta más allá de Aristóteles, y así bien cada uno de los otros dos parece haber escrito una obra en prosa han desaparecido y otra vez es Aristóteles nuestra fuente más antigua para el conocimiento de sus respectivas doctrinas. En primer lugar, mostraron sumo interés por aquella habilidad técnica que, junto con la magia y la astrología, formó la sustancia de la antigua sabiduría sacerdotal de Babilonia. Fueron astrónomos prácticos, agrimensores y geógrafos. Tales predijeron eclipses, Anaximandro pasa por haber inventado el reloj de sol, haber dibujado el primer mapa y ser autor de varios e importantes descubrimientos astronómicos. Se sintieron fuertemente atraídos por los meteora, es decir, por los fenómenos que se producen en las regiones situadas por encima de la superficie terrestre, el estado atmosférico y los movimientos de los cuerpos celestes.