La promesa
equinoccial
Florecer
antes de las hojas: una lección iniciática
Introducción
La naturaleza, en su silenciosa elocuencia, nos ofrece símbolos que iluminan
nuestro propio camino iniciático. Al observar los ciruelos y duraznos en esta
época, despojados aún de sus hojas, me sorprendió ver cómo brotaban ya sus
flores, adelantándose al follaje que habrá de sostenerlas. Esta paradoja
natural nos invita a reflexionar sobre la iniciación masónica y sobre el
desafío de la existencia humana desde una perspectiva filosófica.
Desarrollo
En la iniciación masónica, el recipiendario entra al Templo privado de la luz
exterior y de los soportes que lo han acompañado en su vida profana. Como el
árbol desnudo en invierno, parece carecer de sustento. Sin embargo, la
ceremonia lo impulsa a florecer primero: a pronunciar su compromiso, a
manifestar su voluntad de transformación, antes de recibir el alimento de las
enseñanzas, el abrigo de la fraternidad y la guía de la Sabiduría. El
florecimiento anticipado es un acto de fe en la savia interior que ya lo
habita, aunque él mismo no la perciba.
La floración
temprana de los frutales nos enseña que la fuerza no proviene sólo de lo
visible. Así como el árbol ha acumulado savia en el silencio del invierno,
el iniciado ha preparado su alma en la quietud de la búsqueda, en la
noche de sus preguntas y desvelos. El brote que antecede a la hoja es
símbolo de ese momento fundante, donde la belleza y la promesa
aparecen antes que el sostén racional y visible.
Desde la
filosofía existencialista, este gesto encuentra un eco profundo. Kierkegaard
nos habló del salto de fe: atreverse a dar un paso sin garantías,
confiando en lo invisible. Sartre, por su parte, nos recuerda que el
hombre se define por su acto de elegir, incluso cuando carece de
fundamentos absolutos. Así también florece el árbol: sin certezas
de sol o de lluvia, desplegando su colorido en medio de la intemperie,
porque su ser lo llama a manifestarse.
El existencialismo
y la iniciación convergen en esta verdad: no siempre tenemos todas las
hojas antes de dar nuestro fruto, pero es en la valentía de florecer cuando
comienza nuestra verdadera transformación.
Conclusión
Queridos Hermanos:
La enseñanza de los ciruelos y duraznos en flor es clara: debemos atrevernos a florecer
aun en la desnudez, confiando en la savia que la vida ha depositado en
nuestras raíces. La iniciación masónica nos invita a ese mismo acto de osadía:
dar el paso hacia la Luz aunque todavía no tengamos el sustento de todas
las certezas. Y la filosofía existencialista nos recuerda que somos libres para
elegir ese gesto de afirmación, aunque el mundo no nos garantice seguridad
alguna.
Que nuestras
flores, como las de los frutales, sean el testimonio de nuestra confianza en la
vida, en el Oficio y en la fraternidad. Y que, tras ese florecimiento valiente,
vengan las hojas que nos sostengan y los frutos que alimenten a otros.
S:.F:.U:.
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