lunes, 13 de abril de 2026

 

Decreación

En el umbral donde el nombre se disuelve,
dejé mis metales,
los visibles…
también aquellos íntimos:
la certeza de ser uno,
la costumbre de mis límites.

Entré.

No al templo de piedra,
sino al misterio de otro ser
que respiraba distinto
y, sin embargo,
me reconocía.

¿Es el amor esta lenta desposesión?
¿Este acto silencioso de desarmarse
átomo a átomo,
como si la identidad fuera apenas
una arquitectura provisoria?

Sí…
pero solo si, en esa desposesión,
no se pierde el centro que ama.

Porque hay un desarmarse que libera
y otro que vacía.

El amor verdadero se parece más
a quitar velos que, a perderse,
más a revelar que a desaparecer.
si cada capa que cae
acerca al núcleo
y lo aleja del abismo.


Sí…
pero no para dejar de ser,
sino para volverse más verdadero,
más desnudo,
más presente.

Si…

Como si la identidad fuera apenas
una arquitectura provisoria…
y el amor,
el fuego que prueba
qué partes de ella
es templo
y cuál
solo andamio.

Porque al final…
no se ama desapareciendo,
sino apareciendo desnudo
ante otro ser
que hace lo mismo.

Y en ese mutuo despojo,
no hay pérdida…

Solo revelación.

Te observo
y algo en mí cede.

Sin vencerme
Es rendición consciente.

Como la piedra que acepta el cincel,
como la noche que permite la aurora,
como el iniciado que comprende
que para saber
debe primero vaciarse.

Y en ese vaciamiento…
no hay ausencia,
sino espacio.

Espacio para lo no dicho,
para lo no sabido,
para lo que aún no ha sido
para ese amor aun no sentido.

Como la copa que solo sirve
cuando deja de estar llena de sí,
como el templo que se consagra
cuando el ruido se retira,
como el pecho que aprende
a respirar y dejar ir.

Vaciarse no es negarse
es disponerse.

Es el gesto sagrado
de quien comprende
que el amor no irrumpe
en lo saturado,
sino en lo disponible.

Y entonces…
el cincel revela.
La noche gesta.
El sentimiento, sin acumular:
se enciende.

Porque hay un conocimiento
que no se adquiere,
sino que desciende
como luz en cámara silenciosa,
como fuego en altar desnudo.

Y el iniciado, en ese instante,
ya no busca…

se vuelve morada.

Entonces ocurre:

Una fisura en lo que creía sólido,

un temblor en la frontera del yo,
y en ese instante sin defensa;
breve, sagrado
ya no soy del todo mío.

Pero tampoco soy del todo tuyo.

Somos…
una tercera forma que no se nombra,
una alquimia sin fórmula,
un cruce de fuegos que no se consumen.

Y, sin embargo,
en lo más hondo de esta unión,
algo insiste en permanecer:

una chispa irreductible,
un centro inviolable,
un punto secreto
donde aún me habito.

Comprendo entonces

el amor no es desaparecer,
ni poseer,
ni fundirse hasta la nada.

Es aprender a arder tan cerca
que el límite se vuelve luz,
pero no ceniza.
 

Es decrearse…
lo suficiente
para que el otro ser, entre,
pero no tanto
como para olvidar
quién sostiene la llama.

Y en ese equilibrio imposible,
en esa cuerda tendida entre dos abismos,
camina el iniciado en el amor:

desnudo,
vulnerable,
y extrañamente pleno.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

 

El azul es azul

El azul es azul.

El azul es triste cuando no lo ves.
El azul es triste cuando no estás en él.

Cuando lo atraviesas
y al otro lado
descubres
que ya no es azul.

El azul es azul
solo en la cúpula visible,
en el arco inmenso
donde los ojos reposan
y el corazón cree
que el mundo tiene forma.

Pero más allá del horizonte,
donde la mirada se pierde
y el alma queda sola,
el azul se vuelve silencio,
se deshace
como una promesa
no pronunciada.

Allí el cielo ya no es cielo,
ni el horizonte es horizonte;
todo se vuelve distancia,
todo se vuelve pregunta.

Y cuando faltas,
cuando tu presencia no lo habita,
el azul se apaga lentamente
como un fuego lejano.

Entonces comprendo
que el azul es azul
solo mientras alguien lo mira,
solo mientras alguien existe
dentro de su silencio.

Porque el mundo,
sin una conciencia que lo habite,
es solamente materia
girando en silencio.

Y el azul —ese azul que amamos—
no es más que la huella
de nuestra presencia
sobre el infinito.

Una forma delicada
en que la existencia
nos recuerda
que el universo
necesita de nuestros ojos
para volverse hermoso.

En el azul la conciencia descansa:
allí la calma se vuelve profundidad,
la nostalgia abre la puerta del infinito
y el alma aprende a contemplar
el misterio silencioso de existir.

Más allá…
donde la mirada termina,
el azul es triste.

Porque allí
ya no estás.

 

 

átomo y refugio

Como quisiera ser ese aliento
que no pide permiso para habitarte,
esa presencia silenciosa
que no pesa, pero esta en ti

Ser el oxígeno que se funde en tu sangre,
y en cada latido decirte sin palabras:
“aquí estoy”.

Recorrer tus noches
como un susurro tibio,
encender pequeñas luces
en los rincones donde el miedo se esconde,
y quedarme ahí,
justo donde tiembla tu alma,
para abrazarla.

Ser átomo, sí…
pero también refugio.

Habitar tus pensamientos más oscuros
y ser quien enciende una vela
en medio de un templo olvidado.

Acompañarte mientras duermes,
velar tus sueños como guardián invisible,
y cuando la sombra intente nombrarte,
recordarte —desde dentro—
que incluso en la noche más profunda,
tu luz no se extingue.

Y si pudiera elegir un lugar donde quedarme,
no sería en la vastedad del universo,
ni en la inmensidad del tiempo…

sería en ese instante breve
en que respiras profundo
y, sin saber por qué,
te sientes en paz.

Si pudiera elegir dónde permanecer,
sería en ese suspiro nostálgico,
cuando el pensamiento se vuelve ave
y vuela hacia un horizonte esquivo
que, al ir hacia él; se aleja.

Me quedaría justo ahí,
en ese borde incierto
donde el anhelo y el recuerdo se entrelazan,
donde no hay distancia,
y te nombro en  silencio.

Sería brisa en tu memoria,
eco suave de lo que fue y aún vibra,
compañero invisible de tus preguntas
cuando el alma, en silencio, se contempla.

Y en ese horizonte que nunca se alcanza,
no buscaría llegar,
sino aprender a habitar la búsqueda,
hacer de la lejanía un hogar,
y del instante… eternidad.

Porque hay lugares que no existen en el mundo,
pero viven intactos en el alma,
y es ahí —en ese suspiro que no se retiene—
donde también,
sin decirlo,
permanecemos.

abrazarte desde dentro,

diluido en ti,

ser uno y vibrar…

 y vibrar hasta estallar

 Abrazarte desde dentro,

sin forma, sin frontera,
disuelto en tu esencia
como luz invisible,

 Pero, se, que está ahí.

Ser uno…
no en la fusión que borra,
sino en la que revela
que nunca hubo separación.

Vibrar contigo,
como dos notas que se encuentran

en el pentagrama cósmico
y dejan de ser dos,
para convertirse en armonia.

Y vibrar…
hasta que el tiempo se detenga,
hasta que el yo se deshaga
como sal en el océano de lo infinito.

Estallar, sí…
pero no en ruptura,
sino en expansión:
como estrella que al morir
se vuelve universo.

Y en ese instante sin nombre,
sin cuerpo, sin miedo,
ser apenas energía que ama,
presencia que late,
silencio que canta.

Ahí…

Si ahí,
justo ahí,
donde todo termina
y todo comienza,
seguir vibrando.

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viernes, 23 de enero de 2026

 Un día después en enero

Antífona de Lirquén”


Un día después.

Gris.

El sol no llega.

No hay mañana aún.

Solo un gris que se demora.

No hay día.

Solo la inercia de seguir nombrando el tiempo.


El sol existe, pero no alcanza.

existe como dato,

no como experiencia

Una verdad lejana

que no alcanza a tocar la piel.

Como tantas veces en la vida,

saber que algo está

no basta para sentirlo.


En el aire flota algo más que ceniza:

la evidencia brutal

de lo frágil que era todo

y de lo rápido que lo perdimos.


El gris no cubre: sustituye.

El cielo no está oculto,

simplemente dejó de ser necesario.

Una gruesa capa de humo

nos separa del celeste cielo,

como si el mundo hubiese cerrado los ojos

por pudor o por duelo.


El aire pesa.

No solo por las partículas suspendidas,

sino por el dolor que se reconoce

sin necesidad de nombrarlo.


El humo no huele a incendio,

huele a final sin relato.

Sin épica,

sin aprendizaje,

sin compensación futura.


Arde lo que fue hogar.

Arde lo que fue memoria.

Algunos fueron calcinados,

otros lamidos por lenguas incandescentes

que no distinguieron entre madera y biografía,

entre techo y vida.


Las moradas de siempre

ya no están.

Con ellas se fue una historia cotidiana,

una silla junto a la mesa,

un nombre escrito en la pared del tiempo.

Las casas no fueron destruidas:

fueron desmentidas.

Como si el mundo hubiese dicho

que nunca garantizó permanencia,

que solo fingimos no saberlo.


Los que ardieron

no dejaron mensaje.

No hay última palabra

ni signo que justifique su ausencia.

Murieron,

y eso es todo.


Quedamos aquí,

no como sobrevivientes,

sino como testigos involuntarios

de una realidad que no pide permiso.

Existir ahora

no es esperanza,

no es resistencia,

ni siquiera valentía.

Existir es cargar con el hecho

de que nada asegura sentido,

y aun así

el corazón continúa

obstinadamente

golpeando el vacío.