El Iniciado en el País de las
Ideas
Julio
Reyes Rubilar O:.R:.L:.F:.N°2
(Relato
iniciático surrealista en capítulos, parafraseando a “Alicia en el país de las maravillas
“Lewis Carroll de 1865 y “Alicia en el país de las ideas” Libro de Roger-Pol Droit)
Capítulo I:
El Umbral de lo Invisible
El iniciado cruza un espejo líquido. Descubre que la logia se derrite en
símbolos flotantes. Un reloj sin manecillas le enseña que el tiempo aquí mide
despertares, no horas.
Capítulo II:
El Tablero Viviente
Camina sobre un suelo de ajedrez que respira. Cada casilla es una puerta.
Encuentra corredores de luz y túneles de sombra, comprendiendo que avanzar es
elegir constantemente entre claridad y misterio.
Capítulo
III: Los Tres Guardianes Absurdos
Aparecen figuras con cabezas de animales: toro, cuervo y pez. Cada uno sostiene
un instrumento simbólico y le hablan en enigmas. El iniciado debe aceptar que
la verdad se expresa también en lo extraño.
Capítulo IV:
La Mesa de los Mandiles Parlantes
Una mesa infinita con mandiles que conversan. Discuten entre sí sobre trabajo,
dignidad y silencio. El iniciado descubre que la voz de la fraternidad es
polifónica y contradictoria, pero armónica en su fondo.
Capítulo V:
El Espejo de la Llama Encerrada
Frente a un espejo que no refleja su rostro, sino una llama atrapada en piedra.
El espejo le revela que su deber es liberar esa luz, aunque la prisión sea él
mismo. Es la primera conciencia de su misión.
Capítulo VI:
El Bosque de las Preguntas
Camina entre árboles que dan frutos en forma de interrogantes. Cada pregunta
que recoge se convierte en un pájaro que vuela hacia el cielo. Aprende que el
conocimiento verdadero no se cosecha en respuestas, sino en preguntas fértiles.
Capítulo
VII: El Regreso Silencioso
Todo comienza a desvanecerse: tablero, voces, símbolos. Regresa a la logia con
la venda retirada. Sus Hermanos esperan en silencio. Él comprende que el viaje
no terminó, porque el país de las Ideas lo habita ya para siempre.
Introducción
Todo
Iniciado, al atravesar la puerta del misterio, descubre que la realidad no es
un bloque sólido, sino un espejo líquido que se pliega y despliega en símbolos.
Lo que parecía estable se derrite en signos, y lo que parecía fantasía se
revela como enseñanza.
Así
comienza el viaje hacia el País de las Ideas, un territorio que no se
mide con mapas, sino con despertares. Aquí, lo absurdo se vuelve maestro, lo
contradictorio se convierte en armonía y lo imposible abre sendas de
conocimiento.
El
Iniciado, sin nombre y sin tiempo, se aventura en un camino donde el tablero
respira, los guardianes hablan en enigmas, los mandiles discuten como viejos
filósofos, y las preguntas crecen en los árboles como frutos inmortales.
Este
relato no es un cuento, ni una alegoría cerrada: es un espejo para quien se
atreva a mirarlo. Quien lo lea, quizá reconozca en sus imágenes la extraña
familiaridad de los sueños iniciáticos: lugares donde la razón tropieza, pero
el alma comprende.
Porque
en el País de las Ideas no se camina hacia un final, sino hacia una pregunta
cada vez más profunda, bienvenidos a un mundo ilógico y de ensueño, donde se
desafía la realidad y la razón.
Capítulo I:
El Umbral de lo Invisible
No recuerdo la
puerta, ni la llave, ni siquiera el gesto que me lanzó hacia allí.
Un instante estaba en la logia, rodeado de columnas, voces fraternas y símbolos
familiares… y al siguiente, todo comenzó a derretirse como cera bajo un sol
secreto.
Las paredes se
ablandaron, y de sus grietas salieron letras que flotaban como insectos de
fuego.
El aire se llenó de palabras nunca pronunciadas, y cada una brillaba como un
farol suspendido en la noche.
Quise atraparlas, pero al tocarlas se deshacían en mi mano como humo luminoso.
Un reloj
apareció ante mí.
No tenía manecillas, pero latía.
Su esfera, cubierta de grietas doradas, respiraba como si fuera un corazón.
Del centro brotó una voz grave:
—Aquí el tiempo
no mide horas, mide despertares. (El tiempo no mide horas, mide despertares”
nos recuerda que en la senda del iniciado lo que importa no es la duración de
los días ni la acumulación de años, sino los momentos de conciencia y
transformación interior.)
Sentí que el
suelo temblaba.
Miré hacia abajo y descubrí que ya no estaba sobre piedra, sino sobre una
superficie líquida que reflejaba mi sombra… y sin embargo, esa sombra no me
imitaba: caminaba antes que yo, como si me guiara. (la sombra no es
enemiga, sino maestra silenciosa. Ella nos conduce a los pliegues ocultos de
nuestro ser para que podamos transformarlos en piedra pulida).
El reloj volvió
a hablar:
—Si quieres
entrar al País de las Ideas, no traigas preguntas gastadas.
—¿Y cuáles son esas? —pregunté, sin saber de dónde me salió la voz.
—Las que buscan respuestas pequeñas —contestó—. Aquí sólo sobreviven las
que crecen como árboles.
De pronto, una
grieta se abrió en el aire, como si el mismo cielo hubiera sido cortado con
compás.
La grieta palpitaba, invitándome a atravesarla.
Me acerqué, y sentí el vértigo de quien va a saltar al vacío.
La sombra que
caminaba delante de mí se detuvo.
Giró su rostro oscuro hacia mí y me dijo con labios invisibles:
—Al otro lado no
encontrarás certezas, sino reflejos.
—¿Y qué haré con ellos? —balbuceé.
—Aprender a ver que todo reflejo guarda un fuego escondido.
Entonces lo
entendí: el Umbral de lo Invisible no era un lugar, sino un salto.
Un salto hacia dentro de mí mismo.
Respiré hondo.
El reloj estalló en silencio en mil colores…
Y crucé.
Capítulo II:
El Tablero Viviente
Al otro lado
del umbral, el suelo no era suelo.
Bajo mis pies se extendía un tablero de ajedrez que respiraba como un animal
dormido.
Cada casilla se inflaba y se contraía suavemente, como si tuviera pulmones
ocultos bajo la superficie.
Me incliné para
tocar una de ellas, blanca y luminosa.
Al rozarla, se abrió como una puerta que conducía a un corredor de luz
interminable.
Dentro, escuché voces lejanas que repetían mi nombre en un eco coral.
Retrocedí, y la casilla se cerró de golpe, tragándose el resplandor.
Avancé hacia
una casilla negra.
Al pisarla, un túnel húmedo se abrió a mis pies, y de sus profundidades surgió
un viento que me acarició el rostro con manos frías e invisibles.
Allí no había voces, sino un silencio espeso, denso, como si la misma nada me
invitara a descender.
Comprendí
entonces que cada casilla era una decisión:
entrar en la claridad que todo lo muestra,
o dejarse envolver por el misterio que todo oculta.
De pronto, las
piezas comenzaron a moverse.
No eran torres, caballos ni peones… eran figuras humanas, vestidas con mandiles
resplandecientes.
Se desplazaban solas, obedeciendo a una coreografía secreta que yo no alcanzaba
a comprender.
Cada vez que chocaban entre sí, no había choque ni violencia: se atravesaban
como fantasmas que se funden.
Me sentí
observado.
Al girar la vista, descubrí un Rey y una Reina sentados en tronos flotantes.
No tenían rostros, solo espejos en lugar de cabezas.
Al mirarlos, vi mis propios ojos multiplicados en infinitos reflejos.
La Reina habló
con voz de agua:
—Aquí todo movimiento es elección.
El Rey añadió con voz de piedra:
—Y toda elección es un paso hacia tu verdadero centro.
Las casillas
comenzaron a cambiar de color: blancas se volvían negras, negras se volvían
blancas.
El tablero ya no era plano: se elevaba, descendía, giraba, como un océano que
se agitara bajo mis pies.
Me mareé, y estuve a punto de caer en uno de los túneles oscuros.
Entonces mi
sombra —la misma que me había guiado en el umbral— se adelantó y me sostuvo.
Me señaló el horizonte y susurró:
—El tablero
eres tú.
Las casillas son tus pensamientos: algunos te elevan, otros te hunden.
Avanza, pero recuerda: no eres peón ni torre, eres jugador.
Al oír esto,
las piezas se inclinaron, como si me saludaran.
Y el tablero comenzó a extenderse más allá de lo visible, hasta convertirse en
un camino que me invitaba a seguir caminando.
Capítulo
III: Los Tres Guardianes Absurdos
El tablero se
alargaba hasta perderse en la penumbra.
Caminé sobre sus casillas cambiantes hasta que el horizonte comenzó a doblarse,
como si el mundo se plegara en sí mismo.
De aquella curva imposible surgieron tres figuras que avanzaban lentamente,
cada una con una presencia tan absurda como solemne.
El primero
tenía cuerpo humano, pero cabeza de toro.
Sus cuernos eran escuadras de oro que brillaban en la penumbra.
En sus manos sostenía un libro abierto, cuyas páginas se escribían solas con
tinta de fuego.
El segundo
tenía la cabeza de un cuervo gigantesco.
Su pico sujetaba una plomada que descendía hasta el suelo, aunque no había
suelo, sino un vacío sin fondo.
Sus alas, negras como noches sin luna, batían en silencio.
El tercero era un
pez que caminaba erguido sobre dos piernas frágiles.
De su boca brotaba una vela encendida que no se consumía, aunque goteaba cera
líquida que caía sobre su pecho y se transformaba en pequeños símbolos que
nadaban en el aire como peces luminosos.
Los tres me
rodearon, formando un triángulo.
El toro habló primero, con voz grave que retumbaba en mis huesos:
—El libro
guarda las ideas puras. Pero su fuego quema al que lo lee con soberbia. ¿Vienes
a aprender o a poseer?
No supe qué
responder.
Entonces el cuervo inclinó su cabeza hacia mí. Su voz era un graznido metálico:
—La plomada
mide lo recto, pero también revela la caída. ¿Aceptas ser medido, aun si
descubres que estás torcido?
Me estremecí.
Y el pez, con voz acuosa que parecía burbujear, murmuró:
—La llama
ilumina, pero también deslumbra. ¿Quieres la luz para ver, o para mostrarte
visto?
Me quedé en
silencio, como si las palabras hubieran huido de mi boca.
Los tres guardianes se acercaron aún más.
Sus ojos, tan distintos, ardían con un mismo fulgor.
La sombra que
me acompañaba desde el umbral apareció de nuevo a mi lado y susurró:
—Responde con
tu silencio. El país de las Ideas no se abre con palabras, sino con
la honestidad de tu temblor.
Incliné la
cabeza, aceptando el peso de las preguntas sin atreverme a resolverlas.
Entonces ocurrió lo inesperado: los tres guardianes rieron al unísono, una risa
absurda y solemne, mezcla de mugido, graznido y burbujeo.
El toro cerró
su libro, el cuervo recogió su plomada y el pez sopló sobre su vela, que en
lugar de apagarse estalló en mil pequeñas luces.
Con un gesto enigmático, los tres se deshicieron en humo, como si nunca
hubieran existido.
Ante mí quedó
abierto un pasillo que conducía a una mesa infinita, donde objetos brillantes
se movían y susurraban.
Sabía que era el siguiente paso.
Capítulo IV:
La Mesa de los Mandiles Parlantes
El pasillo se
ensanchó hasta convertirse en un salón desbordante de luces extrañas.
En su centro se extendía una mesa infinita, cubierta de mandiles que se movían
como si tuvieran vida propia.
No eran pedazos de tela: respiraban, gesticulaban, murmuraban entre sí con
voces múltiples, como un coro desordenado, tratando de afinar.
Me acerqué con
cautela.
Al verme, algunos callaron; otros comenzaron a discutir acaloradamente.
Uno, bordado en hilos de oro, alzó la voz con solemnidad:
—¡La
dignidad del iniciado se ciñe en la cintura, y no en la lengua!
A su lado, un
mandil tosco, manchado de barro, le respondió con voz ronca:
—¡Qué sabes
tú de dignidad! La verdadera se gana con sudor en la frente, no con bordados en
la tela.
Más allá, un
mandil azul profundo intervino con un tono pausado:
—Ambos olvidan que
el silencio es más fuerte que el oro y más duradero que la tierra.
Los demás
mandiles comenzaron a replicar, todos a la vez.
Algunos hablaban de deberes, otros de secretos, otros de fraternidad.
Sus voces se entrelazaban en un murmullo caótico, hasta que la mesa misma
retumbó con un golpe sordo.
Un mandil
blanco, inmaculado, había golpeado con fuerza su extremo de la mesa.
Con voz clara y serena dijo:
—Somos pedazos
de tela, sí, pero llevamos en nosotros un juramento.
No es el lujo, ni la pobreza, ni el silencio lo que nos
define…
sino el recuerdo constante de que quien nos lleva ha prometido trabajar en
sí mismo.
El salón quedó
en silencio.
Los demás mandiles inclinaron sus pliegues como si asintieran.
Me quedé quieto, intentando comprender si debía hablar.
De pronto, uno
de ellos —pequeño, casi invisible, con bordes deshilachados— saltó hacia mí y
se posó en mi pecho.
Susurró:
—No busques el
mandil más hermoso ni el más sabio.
Busca aquel que te recuerde cada día que tu labor está incompleta.
Sentí un
escalofrío, como si me hubieran ceñido una nueva piel.
La mesa comenzó a girar lentamente, como un carrusel interminable.
Los mandiles se fueron desvaneciendo uno a uno, hasta que todo quedó vacío.
Frente a mí
apareció un espejo oscuro que me esperaba en silencio.
Y dentro de él, una llama temblaba, prisionera en un bloque de piedra.
Comprendí que
el camino me llevaba hacia allí.
Capítulo V:
El Espejo de la Llama Encerrada
El espejo
estaba allí, inmenso, flotando en la penumbra.
No reflejaba mi rostro: en su superficie oscura se agitaba una llama
temblorosa, atrapada dentro de un bloque de piedra transparente.
El fuego golpeaba las paredes de su prisión como un corazón desesperado por
latir más allá de su cuerpo.
Me acerqué.
El aire alrededor ardía y helaba al mismo tiempo, como si la paradoja fuera su
única naturaleza.
Cuando extendí la mano para tocarlo, el espejo habló con voz profunda,
metálica, que vibraba en mi pecho más que en mis oídos:
—Esto que ves
no es otro. Esto eres tú.
Retrocedí
instintivamente, pero el espejo insistió:
—¡¡¡ Has
confundido tu carne con tu ser, tu palabra con tu esencia!!!!
La llama es tu espíritu, tu impulso primero, tu fuego eterno.
La piedra es tu miedo, tu desidia, tu costumbre, tus cadenas invisibles.
La visión me
estremeció.
La sombra que me había acompañado desde el umbral se adelantó y colocó su mano
oscura sobre mi hombro.
Susurró:
—El trabajo del
iniciado no es buscar la luz afuera, sino liberar la que yace
sofocada dentro.
El espejo
comenzó a resquebrajarse.
Las grietas se abrían como raíces de plata que rodeaban a la llama.
Un sonido de cristal quebrándose llenó el salón, y la llama rugió como un
animal liberado.
De pronto,
saltó hacia mí y penetró en mi pecho.
Sentí que ardía desde dentro: no un fuego que destruye, sino uno que
despierta.
Mis venas eran ríos incandescentes, y mi corazón golpeaba como un tambor de
guerra.
Caí de
rodillas.
El dolor y el gozo se confundieron hasta volverse lo mismo.
La sombra me sostuvo para que no me desplomara y me dijo:
—Recuerda este
fuego. Cada vez que olvides quién eres, vuelve al espejo.
Cuando levanté
la vista, el espejo había desaparecido.
En su lugar se abría un bosque extraño: árboles que no daban frutos, sino
preguntas colgando de sus ramas como frutos de tinta.
Cada pregunta latía suavemente, como si esperara ser arrancada.
Sabía que ese
era el siguiente umbral.
Capítulo VI:
El Bosque de las Preguntas
El bosque se
extendía ante mí, vasto y silencioso.
Sus árboles no tenían hojas, ni frutos convencionales; en cambio, de sus ramas
colgaban preguntas.
Algunas eran pequeñas, como manzanas diminutas; otras enormes, tan grandes que
bloqueaban el cielo, balanceándose lentamente con el viento invisible.
Avancé entre
ellas, sintiendo cómo cada pregunta me rozaba la piel, me susurraba al oído y a
la vez al corazón.
Cuando intentaba responder con palabras, las preguntas se disolvieron en humo.
Entonces comprendí que no buscaban respuestas inmediatas: buscaban ser vividas,
sentidas, meditadas.
Un río de tinta
fluía entre los árboles, y en su curso nadaban símbolos que se reflejaban en mi
rostro.
Cada reflejo me mostraba un posible camino: uno lleno de luz, otro de sombra,
otro que parecía perderse hacia lo infinito.
Comprendí que cada elección revelaba mi interior, pero ninguna lo definía
completamente.
Mientras
caminaba, sentí que algunas preguntas caían en mi mano.
Una, escrita en hojas doradas, decía:
—¿Quién eres
cuando nadie te observa?
Otra, en tonos
oscuros, preguntaba:
—¿Qué parte de
ti aún teme al silencio?
Me detuve ante
un árbol gigantesco, cuyas raíces desaparecían en la tierra como serpientes
negras.
De sus ramas colgaba una pregunta que brillaba con luz azul:
—¿Qué harás con
la llama que liberaste?
Recordé el
espejo, la llama encerrada en piedra, el fuego que ahora ardía dentro de mí.
Supe que la respuesta no estaba fuera, ni siquiera en el bosque, sino en la
acción que tomaría cada día al regresar al mundo.
La sombra
apareció nuevamente y se posó sobre mis hombros:
—Las
preguntas te acompañarán siempre, pero no como cadenas…
sino como semillas.
Si las cultivas, florecerán en luz.
Si las ignoras, se convertirán en espinas.
Avancé, tomando
una pregunta en cada mano, sintiendo que cada paso era una elección.
El bosque parecía infinito, pero al final del sendero se vislumbraba un claro,
donde un espejo de agua reflejaba un cielo que no era de este mundo.
Supe que allí me esperaba la etapa final: el regreso silencioso, transformado
por lo que había descubierto.
Capítulo
VII: El Regreso Silencioso
El claro se
abrió ante mí como un respiro largo y profundo.
El espejo de agua reflejaba un cielo que no existía en la logia, un cielo lleno
de constelaciones que parecían dibujar símbolos olvidados.
La llama dentro de mí vibraba suavemente, ya no un fuego salvaje, sino un
corazón que latía en armonía con cada pensamiento y cada sombra.
La sombra que
me había acompañado desde el umbral se inclinó, señalando el camino de regreso.
—Es hora —susurró—.
—¿Regresar? —pregunté—. ¿No debería quedarme aquí?
—No —respondió—. El país de las Ideas no es destino, es enseñanza.
El verdadero trabajo comienza al volver.
Avancé hacia el
horizonte del bosque, y cada pregunta que había recogido flotaba a mi alrededor
como mariposas de luz.
No eran ya enigmas que me confundían, sino semillas que esperaba plantar en el
mundo real, en la vida cotidiana, en la logia.
El tablero
viviente, los mandiles parlantes, los guardianes absurdos, el espejo y la
llama… todo comenzó a desvanecerse, como tinta diluida en agua.
Las imágenes desaparecían, pero el fuego dentro de mí persistía, intacto.
Cuando abrí los
ojos, como si me quitaran una venda, estaba de nuevo en la logia.
Mis Hermanos me observaban en silencio.
Yo también callé.
No era necesario decir nada: el viaje había hablado por mí.
Y comprendí que
el país de las Ideas no se encuentra en otra dimensión ni en palabras
herméticas.
Se encuentra en cada elección consciente, en cada acción que refleja el
fuego interior, en cada instante en que vivimos guiados por lo que es
verdadero y justo.
El iniciado
regresa cambiado, pero silencioso, porque sabe que la transformación no se
proclama, se comienza a vivir.
Y mientras
cerraba los ojos un instante, sentí que el país de las Ideas continuaba
latiendo dentro de mí, esperándome en cada gesto, en cada encuentro, en cada
reflexión.
Epilogo
El Viaje
Iniciático de la Vida
La vida no es
un camino que se agota en un fin, ni una línea recta que termina en la piedra
del destino; Es un círculo en expansión, una espiral que nos
conduce una y otra vez a las mismas preguntas, pero con más profundidad,
a las mismas sombras con más lucidez, a las mismas luces con más
gratitud.
El iniciado
descubre que no camina hacia afuera, sino hacia adentro. Cada grado no es un
peldaño de conquista, sino un espejo distinto que le devuelve fragmentos de
su propio rostro.
El Aprendiz aprende
a mirar. El Compañero aprende a unir. El Maestro aprende a morir.
Y en cada uno de esos tránsitos, el hombre vuelve a sí mismo con la certeza de
que la obra no concluye, porque la obra es él, y él es obra en
perpetua construcción.
No hay punto
final, porque el Templo no se cierra jamás. La iniciación es un renacer
constante, una llama que se enciende de nuevo en cada búsqueda,
un llamado que nos recuerda que el trayecto no es hacia un lugar, sino
hacia una presencia: la presencia plena de ser, de ser consciente, de ser libre
y de ser fraternal.
En la senda
iniciática de la Masonería, cada paso consciente y simbólico del
masón está cargado del poder y la presencia del cosmos, de lo eterno. La
eternidad atraviesa su ser porque cada acto, cada palabra, cada pensamiento
tiene consecuencias espirituales y universales.
La construcción
del Templo interior, piedra a piedra, se hace bajo la mirada de la eternidad,
que no juzga, pero sí ilumina y trasciende.
Y así, Hermanos,
la vida y la Masonería se entrelazan como dos sendas de un mismo mapa secreto. Ambas
nos susurran: “No corras hacia la meta, vive el paso, porque en
cada paso la eternidad te atraviesa.”
“el que tenga oídos para oír, que oiga” Mateo 11:15 o Marcos 4:9