viernes, 23 de enero de 2026

 Un día después en enero

Antífona de Lirquén”


Un día después.

Gris.

El sol no llega.

No hay mañana aún.

Solo un gris que se demora.

No hay día.

Solo la inercia de seguir nombrando el tiempo.


El sol existe, pero no alcanza.

existe como dato,

no como experiencia

Una verdad lejana

que no alcanza a tocar la piel.

Como tantas veces en la vida,

saber que algo está

no basta para sentirlo.


En el aire flota algo más que ceniza:

la evidencia brutal

de lo frágil que era todo

y de lo rápido que lo perdimos.


El gris no cubre: sustituye.

El cielo no está oculto,

simplemente dejó de ser necesario.

Una gruesa capa de humo

nos separa del celeste cielo,

como si el mundo hubiese cerrado los ojos

por pudor o por duelo.


El aire pesa.

No solo por las partículas suspendidas,

sino por el dolor que se reconoce

sin necesidad de nombrarlo.


El humo no huele a incendio,

huele a final sin relato.

Sin épica,

sin aprendizaje,

sin compensación futura.


Arde lo que fue hogar.

Arde lo que fue memoria.

Algunos fueron calcinados,

otros lamidos por lenguas incandescentes

que no distinguieron entre madera y biografía,

entre techo y vida.


Las moradas de siempre

ya no están.

Con ellas se fue una historia cotidiana,

una silla junto a la mesa,

un nombre escrito en la pared del tiempo.

Las casas no fueron destruidas:

fueron desmentidas.

Como si el mundo hubiese dicho

que nunca garantizó permanencia,

que solo fingimos no saberlo.


Los que ardieron

no dejaron mensaje.

No hay última palabra

ni signo que justifique su ausencia.

Murieron,

y eso es todo.


Quedamos aquí,

no como sobrevivientes,

sino como testigos involuntarios

de una realidad que no pide permiso.

Existir ahora

no es esperanza,

no es resistencia,

ni siquiera valentía.

Existir es cargar con el hecho

de que nada asegura sentido,

y aun así

el corazón continúa

obstinadamente

golpeando el vacío.

jueves, 23 de octubre de 2025

Soy fragmento...soy el todo

 

Soy fragmento…soy el todo

En la observación primaveral

De un lago místico

La brisa cómplice levanta pequeñas olas

Que reflejan pequeños soles

Logrando un tejido de destellos,
como fragmentos rotos de un dios dormido

o trozos dispersos de una mándala cósmica,

Susurrando secretos olvidados por el viento.


La superficie vibra como membrana sutil
entre lo visible y lo velado.
El agua no es agua:
es una puerta entre mundos,
del alma antes de nacer,
y la matriz de lo inefable.

Los árboles susurran en lenguas antiguas,

hablan de un tiempo anterior al tiempo,

cuando el Logos aún dormía
y el ser humano era apenas
vibración en el sueño de una deidad olvidada.

 

Mil olas danzantes fragmentan el espejo líquido,
prístinas aguas que devoran la luz como un abismo hambriento.
Pequeños ojos, destellos atrapados en la matriz del tiempo,
me observan, cristalinas heridas que revelan un sol fragmentado.

Son guiños de un oráculo silente, interrogantes sin boca,
centinelas suspendidos en la penumbra del éter intangible.
¿Serán ojos de ancestros flotando en la memoria del vacío,
o espectros aún no nacidos, anclados en la grieta del devenir?

O quizás no son más que la conciencia desdoblada,
un eco fracturado que se abre paso a través del velo cuántico,
tejiendo hilos invisibles en la tela cósmica del asombro,
buscando sentido en la vastedad de un abismo sin fondo.

En esas pupilas líquidas arde la pregunta primordial:
¿qué es el ser sino un destello efímero,
una llama que danza en el viento de la eternidad,
un suspiro atrapado entre el nacimiento y la desintegración?

Las olas, custodias del tiempo sin memoria,
susurran plegarias en lenguas olvidadas,
mientras me disuelvo en el vértigo del instante,
fragmento y totalidad, sombra y luz coexistiendo

En este teatro de reflejos quebrados,
donde la frontera entre el yo y el cosmos se deshace,
descubro que no hay origen ni destino,
sino solo un flujo interminable de mutación y reflejos,

Una danza espectral donde cada mirada es un abismo,
cada reflejo una grieta hacia el infinito,
y todos somos mil olas, mil ojos, mil presencias
perdidas en el lago eterno de la existencia

Allí el oráculo silente habita,
no en palabras, sino en pausas infinitas,
en la ausencia que grita más fuerte que el sonido,
revelando que la verdad es un secreto sin voz,
un enigma tejido en la penumbra del ser.

Cada ola que rompe sobre la orilla
es un mensaje cifrado,
un símbolo lanzado desde la profundidad,
que solo el alma atenta puede descifrar,
en la reverberación de su propio silencio.

Y yo, partícula y universo, espejo y sombra,
me fundo en ese flujo sin fin,
donde el sentido se disuelve y renace,
donde la pregunta se convierte en el único camino,
y el misterio, en mi única certeza.

 


viernes, 26 de septiembre de 2025

EL INICIADO EN EL PAIS DE LAS IDEAS

 

El Iniciado en el País de las Ideas

                                     Julio Reyes Rubilar O:.R:.L:.F:.N°2

(Relato iniciático surrealista en capítulos, parafraseando a “Alicia en el país de las maravillas “Lewis Carroll de 1865 y “Alicia en el país de las ideas” Libro de Roger-Pol Droit)

Capítulo I: El Umbral de lo Invisible
El iniciado cruza un espejo líquido. Descubre que la logia se derrite en símbolos flotantes. Un reloj sin manecillas le enseña que el tiempo aquí mide despertares, no horas.

Capítulo II: El Tablero Viviente
Camina sobre un suelo de ajedrez que respira. Cada casilla es una puerta. Encuentra corredores de luz y túneles de sombra, comprendiendo que avanzar es elegir constantemente entre claridad y misterio.

Capítulo III: Los Tres Guardianes Absurdos
Aparecen figuras con cabezas de animales: toro, cuervo y pez. Cada uno sostiene un instrumento simbólico y le hablan en enigmas. El iniciado debe aceptar que la verdad se expresa también en lo extraño.

Capítulo IV: La Mesa de los Mandiles Parlantes
Una mesa infinita con mandiles que conversan. Discuten entre sí sobre trabajo, dignidad y silencio. El iniciado descubre que la voz de la fraternidad es polifónica y contradictoria, pero armónica en su fondo.

Capítulo V: El Espejo de la Llama Encerrada
Frente a un espejo que no refleja su rostro, sino una llama atrapada en piedra. El espejo le revela que su deber es liberar esa luz, aunque la prisión sea él mismo. Es la primera conciencia de su misión.

Capítulo VI: El Bosque de las Preguntas
Camina entre árboles que dan frutos en forma de interrogantes. Cada pregunta que recoge se convierte en un pájaro que vuela hacia el cielo. Aprende que el conocimiento verdadero no se cosecha en respuestas, sino en preguntas fértiles.

Capítulo VII: El Regreso Silencioso
Todo comienza a desvanecerse: tablero, voces, símbolos. Regresa a la logia con la venda retirada. Sus Hermanos esperan en silencio. Él comprende que el viaje no terminó, porque el país de las Ideas lo habita ya para siempre.

 

Introducción

Todo Iniciado, al atravesar la puerta del misterio, descubre que la realidad no es un bloque sólido, sino un espejo líquido que se pliega y despliega en símbolos. Lo que parecía estable se derrite en signos, y lo que parecía fantasía se revela como enseñanza.

Así comienza el viaje hacia el País de las Ideas, un territorio que no se mide con mapas, sino con despertares. Aquí, lo absurdo se vuelve maestro, lo contradictorio se convierte en armonía y lo imposible abre sendas de conocimiento.

El Iniciado, sin nombre y sin tiempo, se aventura en un camino donde el tablero respira, los guardianes hablan en enigmas, los mandiles discuten como viejos filósofos, y las preguntas crecen en los árboles como frutos inmortales.

Este relato no es un cuento, ni una alegoría cerrada: es un espejo para quien se atreva a mirarlo. Quien lo lea, quizá reconozca en sus imágenes la extraña familiaridad de los sueños iniciáticos: lugares donde la razón tropieza, pero el alma comprende.

Porque en el País de las Ideas no se camina hacia un final, sino hacia una pregunta cada vez más profunda, bienvenidos a un mundo ilógico y de ensueño, donde se desafía la realidad y la razón.

Capítulo I: El Umbral de lo Invisible

No recuerdo la puerta, ni la llave, ni siquiera el gesto que me lanzó hacia allí.
Un instante estaba en la logia, rodeado de columnas, voces fraternas y símbolos familiares… y al siguiente, todo comenzó a derretirse como cera bajo un sol secreto.

Las paredes se ablandaron, y de sus grietas salieron letras que flotaban como insectos de fuego.
El aire se llenó de palabras nunca pronunciadas, y cada una brillaba como un farol suspendido en la noche.
Quise atraparlas, pero al tocarlas se deshacían en mi mano como humo luminoso.

Un reloj apareció ante mí.
No tenía manecillas, pero latía.
Su esfera, cubierta de grietas doradas, respiraba como si fuera un corazón.
Del centro brotó una voz grave:

—Aquí el tiempo no mide horas, mide despertares. (El tiempo no mide horas, mide despertares” nos recuerda que en la senda del iniciado lo que importa no es la duración de los días ni la acumulación de años, sino los momentos de conciencia y transformación interior.)

Sentí que el suelo temblaba.
Miré hacia abajo y descubrí que ya no estaba sobre piedra, sino sobre una superficie líquida que reflejaba mi sombra… y sin embargo, esa sombra no me imitaba: caminaba antes que yo, como si me guiara.
(la sombra no es enemiga, sino maestra silenciosa. Ella nos conduce a los pliegues ocultos de nuestro ser para que podamos transformarlos en piedra pulida).

El reloj volvió a hablar:

—Si quieres entrar al País de las Ideas, no traigas preguntas gastadas.
—¿Y cuáles son esas? —pregunté, sin saber de dónde me salió la voz.
—Las que buscan respuestas pequeñas —contestó—. Aquí sólo sobreviven las que crecen como árboles.

De pronto, una grieta se abrió en el aire, como si el mismo cielo hubiera sido cortado con compás.
La grieta palpitaba, invitándome a atravesarla.
Me acerqué, y sentí el vértigo de quien va a saltar al vacío.

La sombra que caminaba delante de mí se detuvo.
Giró su rostro oscuro hacia mí y me dijo con labios invisibles:

—Al otro lado no encontrarás certezas, sino reflejos.
—¿Y qué haré con ellos? —balbuceé.
—Aprender a ver que todo reflejo guarda un fuego escondido.

Entonces lo entendí: el Umbral de lo Invisible no era un lugar, sino un salto.
Un salto hacia dentro de mí mismo.

Respiré hondo.
El reloj estalló en silencio en mil colores…
Y crucé.

Capítulo II: El Tablero Viviente

Al otro lado del umbral, el suelo no era suelo.
Bajo mis pies se extendía un tablero de ajedrez que respiraba como un animal dormido.
Cada casilla se inflaba y se contraía suavemente, como si tuviera pulmones ocultos bajo la superficie.

Me incliné para tocar una de ellas, blanca y luminosa.
Al rozarla, se abrió como una puerta que conducía a un corredor de luz interminable.
Dentro, escuché voces lejanas que repetían mi nombre en un eco coral.
Retrocedí, y la casilla se cerró de golpe, tragándose el resplandor.

Avancé hacia una casilla negra.
Al pisarla, un túnel húmedo se abrió a mis pies, y de sus profundidades surgió un viento que me acarició el rostro con manos frías e invisibles.
Allí no había voces, sino un silencio espeso, denso, como si la misma nada me invitara a descender.

Comprendí entonces que cada casilla era una decisión:
entrar en la claridad que todo lo muestra,
o dejarse envolver por el misterio que todo oculta.

De pronto, las piezas comenzaron a moverse.
No eran torres, caballos ni peones… eran figuras humanas, vestidas con mandiles resplandecientes.
Se desplazaban solas, obedeciendo a una coreografía secreta que yo no alcanzaba a comprender.
Cada vez que chocaban entre sí, no había choque ni violencia: se atravesaban como fantasmas que se funden.

Me sentí observado.
Al girar la vista, descubrí un Rey y una Reina sentados en tronos flotantes.
No tenían rostros, solo espejos en lugar de cabezas.
Al mirarlos, vi mis propios ojos multiplicados en infinitos reflejos.

La Reina habló con voz de agua:
—Aquí todo movimiento es elección.
El Rey añadió con voz de piedra:
—Y toda elección es un paso hacia tu verdadero centro.

Las casillas comenzaron a cambiar de color: blancas se volvían negras, negras se volvían blancas.
El tablero ya no era plano: se elevaba, descendía, giraba, como un océano que se agitara bajo mis pies.
Me mareé, y estuve a punto de caer en uno de los túneles oscuros.

Entonces mi sombra —la misma que me había guiado en el umbral— se adelantó y me sostuvo.
Me señaló el horizonte y susurró:

—El tablero eres tú.
Las casillas son tus pensamientos: algunos te elevan, otros te hunden.
Avanza, pero recuerda: no eres peón ni torre, eres jugador.

Al oír esto, las piezas se inclinaron, como si me saludaran.
Y el tablero comenzó a extenderse más allá de lo visible, hasta convertirse en un camino que me invitaba a seguir caminando.

Capítulo III: Los Tres Guardianes Absurdos

El tablero se alargaba hasta perderse en la penumbra.
Caminé sobre sus casillas cambiantes hasta que el horizonte comenzó a doblarse, como si el mundo se plegara en sí mismo.
De aquella curva imposible surgieron tres figuras que avanzaban lentamente, cada una con una presencia tan absurda como solemne.

El primero tenía cuerpo humano, pero cabeza de toro.
Sus cuernos eran escuadras de oro que brillaban en la penumbra.
En sus manos sostenía un libro abierto, cuyas páginas se escribían solas con tinta de fuego.

El segundo tenía la cabeza de un cuervo gigantesco.
Su pico sujetaba una plomada que descendía hasta el suelo, aunque no había suelo, sino un vacío sin fondo.
Sus alas, negras como noches sin luna, batían en silencio.

El tercero era un pez que caminaba erguido sobre dos piernas frágiles.
De su boca brotaba una vela encendida que no se consumía, aunque goteaba cera líquida que caía sobre su pecho y se transformaba en pequeños símbolos que nadaban en el aire como peces luminosos.

Los tres me rodearon, formando un triángulo.
El toro habló primero, con voz grave que retumbaba en mis huesos:

—El libro guarda las ideas puras. Pero su fuego quema al que lo lee con soberbia. ¿Vienes a aprender o a poseer?

No supe qué responder.
Entonces el cuervo inclinó su cabeza hacia mí. Su voz era un graznido metálico:

—La plomada mide lo recto, pero también revela la caída. ¿Aceptas ser medido, aun si descubres que estás torcido?

Me estremecí.
Y el pez, con voz acuosa que parecía burbujear, murmuró:

—La llama ilumina, pero también deslumbra. ¿Quieres la luz para ver, o para mostrarte visto?

Me quedé en silencio, como si las palabras hubieran huido de mi boca.
Los tres guardianes se acercaron aún más.
Sus ojos, tan distintos, ardían con un mismo fulgor.

La sombra que me acompañaba desde el umbral apareció de nuevo a mi lado y susurró:

—Responde con tu silencio. El país de las Ideas no se abre con palabras, sino con la honestidad de tu temblor.

Incliné la cabeza, aceptando el peso de las preguntas sin atreverme a resolverlas.
Entonces ocurrió lo inesperado: los tres guardianes rieron al unísono, una risa absurda y solemne, mezcla de mugido, graznido y burbujeo.

El toro cerró su libro, el cuervo recogió su plomada y el pez sopló sobre su vela, que en lugar de apagarse estalló en mil pequeñas luces.
Con un gesto enigmático, los tres se deshicieron en humo, como si nunca hubieran existido.

Ante mí quedó abierto un pasillo que conducía a una mesa infinita, donde objetos brillantes se movían y susurraban.
Sabía que era el siguiente paso.

 

Capítulo IV: La Mesa de los Mandiles Parlantes

El pasillo se ensanchó hasta convertirse en un salón desbordante de luces extrañas.
En su centro se extendía una mesa infinita, cubierta de mandiles que se movían como si tuvieran vida propia.
No eran pedazos de tela: respiraban, gesticulaban, murmuraban entre sí con voces múltiples, como un coro desordenado, tratando de afinar.

Me acerqué con cautela.
Al verme, algunos callaron; otros comenzaron a discutir acaloradamente.
Uno, bordado en hilos de oro, alzó la voz con solemnidad:

—¡La dignidad del iniciado se ciñe en la cintura, y no en la lengua!

A su lado, un mandil tosco, manchado de barro, le respondió con voz ronca:

—¡Qué sabes tú de dignidad! La verdadera se gana con sudor en la frente, no con bordados en la tela.

Más allá, un mandil azul profundo intervino con un tono pausado:

—Ambos olvidan que el silencio es más fuerte que el oro y más duradero que la tierra.

Los demás mandiles comenzaron a replicar, todos a la vez.
Algunos hablaban de deberes, otros de secretos, otros de fraternidad.
Sus voces se entrelazaban en un murmullo caótico, hasta que la mesa misma retumbó con un golpe sordo.

Un mandil blanco, inmaculado, había golpeado con fuerza su extremo de la mesa.
Con voz clara y serena dijo:

—Somos pedazos de tela, sí, pero llevamos en nosotros un juramento.
No es el lujo, ni la pobreza, ni el silencio lo que nos define…
sino el recuerdo constante de que quien nos lleva ha prometido trabajar en sí mismo.

El salón quedó en silencio.
Los demás mandiles inclinaron sus pliegues como si asintieran.
Me quedé quieto, intentando comprender si debía hablar.

De pronto, uno de ellos —pequeño, casi invisible, con bordes deshilachados— saltó hacia mí y se posó en mi pecho.
Susurró:

—No busques el mandil más hermoso ni el más sabio.
Busca aquel que te recuerde cada día que tu labor está incompleta.

Sentí un escalofrío, como si me hubieran ceñido una nueva piel.
La mesa comenzó a girar lentamente, como un carrusel interminable.
Los mandiles se fueron desvaneciendo uno a uno, hasta que todo quedó vacío.

Frente a mí apareció un espejo oscuro que me esperaba en silencio.
Y dentro de él, una llama temblaba, prisionera en un bloque de piedra.

Comprendí que el camino me llevaba hacia allí.

Capítulo V: El Espejo de la Llama Encerrada

El espejo estaba allí, inmenso, flotando en la penumbra.
No reflejaba mi rostro: en su superficie oscura se agitaba una llama temblorosa, atrapada dentro de un bloque de piedra transparente.
El fuego golpeaba las paredes de su prisión como un corazón desesperado por latir más allá de su cuerpo.

Me acerqué.
El aire alrededor ardía y helaba al mismo tiempo, como si la paradoja fuera su única naturaleza.
Cuando extendí la mano para tocarlo, el espejo habló con voz profunda, metálica, que vibraba en mi pecho más que en mis oídos:

—Esto que ves no es otro. Esto eres tú.

Retrocedí instintivamente, pero el espejo insistió:

—¡¡¡ Has confundido tu carne con tu ser, tu palabra con tu esencia!!!!
La llama es tu espíritu, tu impulso primero, tu fuego eterno.
La piedra es tu miedo, tu desidia, tu costumbre, tus cadenas invisibles.

La visión me estremeció.
La sombra que me había acompañado desde el umbral se adelantó y colocó su mano oscura sobre mi hombro.
Susurró:

—El trabajo del iniciado no es buscar la luz afuera, sino liberar la que yace sofocada dentro.

El espejo comenzó a resquebrajarse.
Las grietas se abrían como raíces de plata que rodeaban a la llama.
Un sonido de cristal quebrándose llenó el salón, y la llama rugió como un animal liberado.

De pronto, saltó hacia mí y penetró en mi pecho.
Sentí que ardía desde dentro: no un fuego que destruye, sino uno que despierta.
Mis venas eran ríos incandescentes, y mi corazón golpeaba como un tambor de guerra.

Caí de rodillas.
El dolor y el gozo se confundieron hasta volverse lo mismo.
La sombra me sostuvo para que no me desplomara y me dijo:

—Recuerda este fuego. Cada vez que olvides quién eres, vuelve al espejo.

Cuando levanté la vista, el espejo había desaparecido.
En su lugar se abría un bosque extraño: árboles que no daban frutos, sino preguntas colgando de sus ramas como frutos de tinta.
Cada pregunta latía suavemente, como si esperara ser arrancada.

Sabía que ese era el siguiente umbral.

Capítulo VI: El Bosque de las Preguntas

El bosque se extendía ante mí, vasto y silencioso.
Sus árboles no tenían hojas, ni frutos convencionales; en cambio, de sus ramas colgaban preguntas.
Algunas eran pequeñas, como manzanas diminutas; otras enormes, tan grandes que bloqueaban el cielo, balanceándose lentamente con el viento invisible.

Avancé entre ellas, sintiendo cómo cada pregunta me rozaba la piel, me susurraba al oído y a la vez al corazón.
Cuando intentaba responder con palabras, las preguntas se disolvieron en humo.
Entonces comprendí que no buscaban respuestas inmediatas: buscaban ser vividas, sentidas, meditadas.

Un río de tinta fluía entre los árboles, y en su curso nadaban símbolos que se reflejaban en mi rostro.
Cada reflejo me mostraba un posible camino: uno lleno de luz, otro de sombra, otro que parecía perderse hacia lo infinito.
Comprendí que cada elección revelaba mi interior, pero ninguna lo definía completamente.

Mientras caminaba, sentí que algunas preguntas caían en mi mano.
Una, escrita en hojas doradas, decía:

—¿Quién eres cuando nadie te observa?

Otra, en tonos oscuros, preguntaba:

—¿Qué parte de ti aún teme al silencio?

Me detuve ante un árbol gigantesco, cuyas raíces desaparecían en la tierra como serpientes negras.
De sus ramas colgaba una pregunta que brillaba con luz azul:

—¿Qué harás con la llama que liberaste?

Recordé el espejo, la llama encerrada en piedra, el fuego que ahora ardía dentro de mí.
Supe que la respuesta no estaba fuera, ni siquiera en el bosque, sino en la acción que tomaría cada día al regresar al mundo.

La sombra apareció nuevamente y se posó sobre mis hombros:

Las preguntas te acompañarán siempre, pero no como cadenas…
               sino como semillas.
Si las cultivas, florecerán en luz.
Si las ignoras, se convertirán en espinas.

Avancé, tomando una pregunta en cada mano, sintiendo que cada paso era una elección.
El bosque parecía infinito, pero al final del sendero se vislumbraba un claro, donde un espejo de agua reflejaba un cielo que no era de este mundo.
Supe que allí me esperaba la etapa final: el regreso silencioso, transformado por lo que había descubierto.

Capítulo VII: El Regreso Silencioso

El claro se abrió ante mí como un respiro largo y profundo.
El espejo de agua reflejaba un cielo que no existía en la logia, un cielo lleno de constelaciones que parecían dibujar símbolos olvidados.
La llama dentro de mí vibraba suavemente, ya no un fuego salvaje, sino un corazón que latía en armonía con cada pensamiento y cada sombra.

La sombra que me había acompañado desde el umbral se inclinó, señalando el camino de regreso.
—Es hora —susurró—.
—¿Regresar? —pregunté—. ¿No debería quedarme aquí?
—No —respondió—. El país de las Ideas no es destino, es enseñanza. El verdadero trabajo comienza al volver.

Avancé hacia el horizonte del bosque, y cada pregunta que había recogido flotaba a mi alrededor como mariposas de luz.
No eran ya enigmas que me confundían, sino semillas que esperaba plantar en el mundo real, en la vida cotidiana, en la logia.

El tablero viviente, los mandiles parlantes, los guardianes absurdos, el espejo y la llama… todo comenzó a desvanecerse, como tinta diluida en agua.
Las imágenes desaparecían, pero el fuego dentro de mí persistía, intacto.

Cuando abrí los ojos, como si me quitaran una venda, estaba de nuevo en la logia.
Mis Hermanos me observaban en silencio.
Yo también callé.
No era necesario decir nada: el viaje había hablado por mí.

Y comprendí que el país de las Ideas no se encuentra en otra dimensión ni en palabras herméticas.
Se encuentra en cada elección consciente, en cada acción que refleja el fuego interior, en cada instante en que vivimos guiados por lo que es verdadero y justo.

El iniciado regresa cambiado, pero silencioso, porque sabe que la transformación no se proclama, se comienza a vivir.

Y mientras cerraba los ojos un instante, sentí que el país de las Ideas continuaba latiendo dentro de mí, esperándome en cada gesto, en cada encuentro, en cada reflexión.

Epilogo

El Viaje Iniciático de la Vida

La vida no es un camino que se agota en un fin, ni una línea recta que termina en la piedra del destino; Es un círculo en expansión, una espiral que nos conduce una y otra vez a las mismas preguntas, pero con más profundidad, a las mismas sombras con más lucidez, a las mismas luces con más gratitud.

El iniciado descubre que no camina hacia afuera, sino hacia adentro. Cada grado no es un peldaño de conquista, sino un espejo distinto que le devuelve fragmentos de su propio rostro.

El Aprendiz aprende a mirar. El Compañero aprende a unir. El Maestro aprende a morir. Y en cada uno de esos tránsitos, el hombre vuelve a sí mismo con la certeza de que la obra no concluye, porque la obra es él, y él es obra en perpetua construcción.

No hay punto final, porque el Templo no se cierra jamás. La iniciación es un renacer constante, una llama que se enciende de nuevo en cada búsqueda,
un llamado que nos recuerda que el trayecto no es hacia un lugar, sino hacia una presencia: la presencia plena de ser, de ser consciente, de ser libre y de ser fraternal.

En la senda iniciática de la Masonería, cada paso consciente y simbólico del masón está cargado del poder y la presencia del cosmos, de lo eterno. La eternidad atraviesa su ser porque cada acto, cada palabra, cada pensamiento tiene consecuencias espirituales y universales.

La construcción del Templo interior, piedra a piedra, se hace bajo la mirada de la eternidad, que no juzga, pero sí ilumina y trasciende.

Y así, Hermanos, la vida y la Masonería se entrelazan como dos sendas de un mismo mapa secreto. Ambas nos susurran: “No corras hacia la meta, vive el paso, porque en cada paso la eternidad te atraviesa.”

 

“el que tenga oídos para oír, que oigaMateo 11:15 o Marcos 4:9