Un día después en enero
“Antífona de Lirquén”
Un día después.
Gris.
El sol no llega.
No hay mañana aún.
Solo un gris que se demora.
No hay día.
Solo la inercia de seguir nombrando el tiempo.
El sol existe, pero no alcanza.
existe como dato,
no como experiencia
Una verdad lejana
que no alcanza a tocar la piel.
Como tantas veces en la vida,
saber que algo está
no basta para sentirlo.
En el aire flota algo más que ceniza:
la evidencia brutal
de lo frágil que era todo
y de lo rápido que lo perdimos.
El gris no cubre: sustituye.
El cielo no está oculto,
simplemente dejó de ser necesario.
Una gruesa capa de humo
nos separa del celeste cielo,
como si el mundo hubiese cerrado los ojos
por pudor o por duelo.
El aire pesa.
No solo por las partículas suspendidas,
sino por el dolor que se reconoce
sin necesidad de nombrarlo.
El humo no huele a incendio,
huele a final sin relato.
Sin épica,
sin aprendizaje,
sin compensación futura.
Arde lo que fue hogar.
Arde lo que fue memoria.
Algunos fueron calcinados,
otros lamidos por lenguas incandescentes
que no distinguieron entre madera y biografía,
entre techo y vida.
Las moradas de siempre
ya no están.
Con ellas se fue una historia cotidiana,
una silla junto a la mesa,
un nombre escrito en la pared del tiempo.
Las casas no fueron destruidas:
fueron desmentidas.
Como si el mundo hubiese dicho
que nunca garantizó permanencia,
que solo fingimos no saberlo.
Los que ardieron
no dejaron mensaje.
No hay última palabra
ni signo que justifique su ausencia.
Murieron,
y eso es todo.
Quedamos aquí,
no como sobrevivientes,
sino como testigos involuntarios
de una realidad que no pide permiso.
Existir ahora
no es esperanza,
no es resistencia,
ni siquiera valentía.
Existir es cargar con el hecho
de que nada asegura sentido,
y aun así
el corazón continúa
obstinadamente
golpeando el vacío.