Soy fragmento…soy el todo
En la observación primaveral
De un lago místico
La brisa cómplice levanta
pequeñas olas
Que reflejan pequeños soles
Logrando un tejido de
destellos,
como fragmentos rotos de un dios dormido
o trozos dispersos de una
mándala cósmica,
Susurrando secretos olvidados
por el viento.
La superficie vibra como membrana sutil
entre lo visible y lo velado.
El agua no es agua:
es una puerta entre mundos,
del alma antes de nacer,
y la matriz de lo inefable.
Los árboles susurran en lenguas antiguas,
cuando el Logos aún dormía
y el ser humano era apenas
vibración en el sueño de una deidad olvidada.
Mil olas danzantes fragmentan el espejo líquido,
prístinas aguas que devoran la luz como un abismo hambriento.
Pequeños ojos, destellos atrapados en la matriz del tiempo,
me observan, cristalinas heridas que revelan un sol fragmentado.
Son guiños de un oráculo silente, interrogantes sin boca,
centinelas suspendidos en la penumbra del éter intangible.
¿Serán ojos de ancestros flotando en la memoria del vacío,
o espectros aún no nacidos, anclados en la grieta del devenir?
O quizás no son más que la conciencia desdoblada,
un eco fracturado que se abre paso a través del velo cuántico,
tejiendo hilos invisibles en la tela cósmica del asombro,
buscando sentido en la vastedad de un abismo sin fondo.
En esas pupilas líquidas arde la pregunta primordial:
¿qué es el ser sino un destello efímero,
una llama que danza en el viento de la eternidad,
un suspiro atrapado entre el nacimiento y la desintegración?
Las olas, custodias del tiempo sin memoria,
susurran plegarias en lenguas olvidadas,
mientras me disuelvo en el vértigo del instante,
fragmento y totalidad, sombra y luz coexistiendo
En este teatro de reflejos quebrados,
donde la frontera entre el yo y el cosmos se deshace,
descubro que no hay origen ni destino,
sino solo un flujo interminable de mutación y reflejos,
Una danza espectral donde cada mirada es un abismo,
cada reflejo una grieta hacia el infinito,
y todos somos mil olas, mil ojos, mil presencias
perdidas en el lago eterno de la existencia
Allí el oráculo silente habita,
no en palabras, sino en pausas infinitas,
en la ausencia que grita más fuerte que el sonido,
revelando que la verdad es un secreto sin voz,
un enigma tejido en la penumbra del ser.
Cada ola que rompe sobre la orilla
es un mensaje cifrado,
un símbolo lanzado desde la profundidad,
que solo el alma atenta puede descifrar,
en la reverberación de su propio silencio.
Y yo, partícula y universo, espejo y sombra,
me fundo en ese flujo sin fin,
donde el sentido se disuelve y renace,
donde la pregunta se convierte en el único camino,
y el misterio, en mi única certeza.